San Onofre

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¡Oh!, San Onofre, vos, sois el hijo del Dios de la vida,
su amado ermitaño y santo. Y, que, gracias al Abad San
Panufcio, quien, moribundo os encontró, nadie sabría de vos.
Morabais en una cueva, donde siglos atrás, los faraones
reinaron, tributo rindiendo a falsarios dioses. Pero, como
vos, creatura del Dios vivo, la soledad amabais, en ella,
perseguíais cada día elevaros de manera interior y sobre
todo, espiritualmente, meta que, en verdad alcanzasteis,
antes de entregar vuestra alma al Dios eterno. Vos,
os dedicabais constantemente a la oración y, luego de ella,
a consejos dar entre vuestros hermanos, compartiendo
vuestra personal experiencia, dejando que, el alma rebose solo
del Amor de Dios, y así, al saber de Él, a amarlo se dedicasen,
alcanzando por la gracia, la curación, la salud y la eterna
salvación. Dios jamás os olvidó de vos y enviaba a vuestro ángel
de la guarda, para que os llevase la Santa Eucaristía y vuestros
alimentos al desierto. Se os representa como un santo de
largas barbas, envuelto en vuestros propios cabellos, donde
a veces estáis en el desierto y a vuestro lado aparecen: la regla
de San Antonio Abad, el cráneo y la cruz que presidían vuestras
meditaciones, la palmera de cuyos dátiles os alimentabais
y una alforja, simbolizando el alimento que nunca os faltó.
Hoy, vuestro estilo de vida, lo estiman “pérdida de tiempo”
algunos hombres, pues, las veleidades y la vida mundana
prevalecen en sus vidas. Pero, Dios, que os vio, no quedó
duda en Él, porque, os premió con justicia, con corona
de eterna luz, como justo premio por vuestro increíble amor;
¡oh!, San Onofre, “vivo y constante Amor al Dios de la Vida”.

© 2019 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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12 de Junio
San Onofre
Ermitaño

Si no lo hubiera encontrado el abad san Panufcio, ya moribundo, y no hubiera escrito su vida es seguro que no conoceríamos a este personaje originalísimo. Es un ermitaño, morador de una cueva del desierto egipcio de la Tebaida.

Allí mismo donde la civilización faraónica había florecido siglos antes, ahora, en las primeras centurias del cristianismo, los monjes pueblan el despoblado y viven en solitario su intensa experiencia interior y espiritual.

A nuestra sociedad lo profundo le sabe a raro y los compromisos definitivos o las decisiones comprometedoras de por vida no están de moda. Onofre, sin embargo, nos ofrece un testimonio admirable de profundidad interior capaz de abarcar todo su paso por la tierra.

Se dedicó a la oración y, después de orar, a dar buen consejo a quien se lo requería. ¿Nada más? Y… nada menos: dejar que el alma rebose amor de Dios para que otros puedan descubrirlo y amarlo; dejarse afectar desde el centro de la propia personalidad por la Gracia y contagiarla a otros como la gran curación, la gran salud, la gran salvación.

Si en la Iglesia no existieran estos absolutos testimonios del Absoluto, todo sería aún más relativo de lo que es.

Se le representa como un santo provecto de luengas barbas y envuelto en sus propios cabellos. También puede aparecer situado en el desierto, en ocasiones al lado de él aparecen: la regla de San Antonio Abad, el cráneo y la cruz que presidían sus meditaciones, la palmera de cuyos dátiles se alimentaba e incluso una alforja (símbolo de las raciones que nunca le faltaron).

¡Estaríamos buenos!

Gracias, san Onofre, por liberarnos de relativismos estériles con tu testimonio.

Oración a San Onofre

Glorioso San Onofre, a quien he escogido como mi protector particular y en quien tendré absoluta confianza, concédeme la dicha de experimentar los saludables efectos de tu poderosa intersección con nuestro Dios.

En tus manos deposito todas mis necesidades y en particular la que hoy pongo bajo tu protección (hacer la petición).

Alcánzame, pues, este favor y todas las demás gracias necesarias para librarme de pecado y conseguir la salvación de mi alma. ¡Amén! (Rezar un Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria

(http://es.catholic.net/santoral/articulo.php?id=373)

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