Santas Rufina y Segunda

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¡Oh!, Santas Rufina y Segunda, vosotras, sois las hijas
del Dios de la vida, sus amadas santas y mártires,
que, nacidas en Roma y bajo los dominios de Valeriano,
terrible perseguidor de cristianos, vuestros novios,
que “cristianos”, se decían, apostataron de su fe
en el Señor Jesús, por temor a la muerte. En cambio,
vosotras, de valor llenas, jamás abjurasteis de Él,
y os marchasteis lejos del mundo. Y, los que, hasta
ayer os habían declarado su amor “hasta que la muerte
os separara”, terminaron denunciándoos. Y, así,
cuando os llevaron delante del gobernador, con todo
el amor del mundo y con vuestros corazones ardientes
os ratificasteis a viva voz, “cristianas de por vida”.
Y, claro, el impío, fuera de sí, y de furia lleno y
sin juicio previo alguno, ordenó que os cortaran
vuestras cabezas, pensando que, con ello, acabarían
para siempre con vosotras. Y, sí, os mataron el cuerpo,
pero jamás nunca vuestras almas, que raudas y prontas
marcharon hacia el Dios Vivo. Y, Él, en su amor
infinito, os coronó con coronas de luz, como justo
premio a vuestra grande entrega de amor a Cristo;
¡Oh!, Santas Rufina y Segunda, “viva fidelidad a Cristo”.

© 2017 Luis Ernesto Chacón Delgado
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10 de Julio
Santas Rufina y Segunda
Mártires de Roma

Martirologio Romano: En la vía Cornelia, a nueve miliarios de la ciudad de Roma, santas Rufina y Segunda, mártires (s. inc.).

Etimológicamente: Rufina = Aquella de cabellera pelirroja o rojiza, es de origen latino.

Etimológicamente: Segunda = La número dos, es de origen latino

Un hombre llamado Nicodemo fue a visitar a Jesús de noche. De él aprendió que, a menos que no se “nazca de nuevo”, nadie puede ver las realidades de Dios.

La reconciliación y el perdón se cuentan entre esas limpias fuentes que abren a un nuevo nacimiento.

Esta dos chicas nacieron en Roma bajo el emperador Valeriano, que llevaría a cabo una terrible persecución contra los cristianos.

Eran jóvenes. Estaban prometidas con sus novios, llamados Armentario y Verino.

Ellos eran también cristianos, pero apostataron de su fe en el Señor Jesús por miedo a la muerte. Consiguieron de la autoridades el libelo, un documento especial para estos casos.

Pensaban que iban a hacer como ellos. Las dos chicas tuvieron que salir de Roma porque sus prometidos se pusieron muy pesados y eran un incordio continuo.

Se marcharon a Etri, en donde había una finca de recreo. Era un chalet a las afueras de la gran urbe.

Sus novios las descubrieron y las denunciaron ante el gobernador Aequesilao.

Ante su presencia, con todo el amor del mundo y naciendo de nuevo, ratificaron que eran cristianas. Y sin ningún juicio, les cortaron las cabezas tal día como hoy del año 257.

(http://es.catholic.net/santoral/articulo.php?id=11352)

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