Cómo destruir la civilización sólo con dos principios morales falsos

Cómo destruir la civilización sólo con dos principios morales falsos
Bienvenido a la mitad del camino entre el cristianismo y el ateísmo práctico

DAVID CARLIN
29 marzo, 2016

La teoría moral vigente hoy en el autodenominado “mundo civilizado”, especialmente entre los más jóvenes, pero sin limitarse a ellos, puede llamarse liberalismo moral.

Esta teoría está compuesta, básicamente, por dos principios:

El principio de la Libertad Personal Absoluta, que considera moralmente permisible toda y cualquier conducta siempre que no cause un mal directo a quien no consienta esa conducta.

El Principio de la Tolerancia Absoluta, que nos obliga a tolerar toda y cualquier conducta de los demás siempre que esa conducta no cause un mal directo a quien no consienta en ella.

Esta teoría viene siendo practicada a lo largo de los últimos cincuenta años para justificar muchos comportamientos antes considerados inmorales: sexo antes del matrimonio, cohabitación entre solteros, hijos fuera del matrimonio, aborto, prácticas homosexuales, matrimonio entre personas del mismo sexo y suicidio asistido por médicos, entre otros ejemplos.

Algunas de esas conductas son condenables hasta incluso por los “principios” del propio liberalismo moral (que finge que no entiende las propias contradicciones).

El aborto, por ejemplo, provoca un mal directo, nada más y nada menos que letal, contra alguien que no ha consentido en él: el feto.

Pero los campeones del aborto eluden esta “pequeña dificultad” negando que el feto sea un ser humano. Esa negación se basa, evidentemente, en tentativas forzadas, ilógicas y anticientíficas de argumentar que un ser humano vivo no es un ser humano vivo. O, peor aún, en una pura y simple deshonestidad y manipulación voluntaria.

Y ha funcionado: para millones de liberales morales que aprueban el aborto, esa pseudo ciencia ha sido psicológicamente eficaz.

La adopción generalizada del liberalismo moral en Occidente, a lo largo del último medio siglo, implica el rechazo de una moralidad tradicional anterior: la moral cristiana que, por ejemplo, defiende la alegría de la entrega mutua y exclusiva entre dos cónyuges, un hombre y una mujer, comprometidos en un matrimonio sólido hasta que la muerte los separe, manteniéndose abiertos a la vida y a su protección desde la concepción hasta su fin natural.

Es de esa propuesta positiva, madura y civilizada de vida y familia que surgen las posturas claras de la moral cristiana en cuanto a la sexualidad, el aborto, la eutanasia, el adulterio, etc.

No son meras y aleatorias “prohibiciones anticuadas”. Y cuando se rechaza la moral cristiana, se rechaza, lógicamente, el propio cristianismo.

Mucha gente defiende la teoría moral liberalista y aun así se considera cristiana, tanto entre católicos como entre protestantes. Es una forma bastarda de cristianismo. Es un pseudo cristianismo que dejó de lado mucho bagaje cristiano, tanto doctrinal como moral.

Es el tipo de abordaje religioso que viene siendo llamado “cristianismo liberal o progresista”, una especie de mitad de camino entre el cristianismo y el ateísmo positivo.

Cuando se trata de moralidad, este cristianismo bastardo intenta combinar, incoherente y ridículamente, el liberalismo moral con la ética de Jesús, reduciendo la propia ética de Jesús a un único principio genérico: el amor al prójimo.

Jesús, de hecho, defendió la ética del amor al prójimo, pero no pretendió anular la moralidad tradicional, relacionada, por ejemplo, con la sexualidad centrada en el acogimiento de la vida.

Los “cristianos progresistas”, sin embargo, argumentan que Jesús, a quien consideran un “genio religioso y de la ética”, no detalló las implicaciones prácticas del amor al prójimo.

Y así, nosotros, cristianos contemporáneos, gracias a muchos siglos de “experiencia” y a la “inteligencia” que adquirimos como hombres y mujeres, ahora pensamos que amar al prójimo significa tolerar, o incluso apoyar, prácticas como la fornicación generalizada, la cohabitación entre solteros sin ningún compromiso, el aborto, el matrimonio homosexual equiparado al matrimonio natural abierto a la vida y hasta el suicidio asistido (e inducido en muchos casos) para enfermos terminales.

Yo temo que el liberalismo moral, que ya destruyó el cristianismo en gran parte del autodenominado “mundo civilizado” (aunque aún continúen reductos alentadores de protestantes y católicos tradicionales), termine tarde o temprano destruyendo la propia civilización.

Piensa en cierto tipo de conducta que suele ser moralmente permisible cuando se aceptan los “principios” de liberalismo moral:

Relaciones poligámicas: basta que sean consensuales y entre adultos.

Adulterio: basta que el cónyuge “inocente” consienta, expresa o implícitamente, o si el cónyuge no dio su consentimiento, que el adulterio permanezca oculto, de modo que no hiera sus sentimientos.

Incesto: basta que la pareja sea adulta, consienta y tome las precauciones para evitar el embarazo.

Pedofilia: basta que el menor de edad sea considerado más maduro psicológicamente que la media, es decir, maduro lo suficiente para dar su consentimiento.

Sexo con animales: basta que el animal no sufra ningún dolor.

Suicidio: basta que la persona que lo comete sea consciente de la decisión.

Sacrificios religiosos de seres humanos: basta que la víctima sacrificada sea adulta y lo consienta.

Yo no quiero decir que el liberalismo moral nos llevará necesariamente a todas esas formas de conducta. Dudo, por ejemplo, que el sexo con animales se generalice.

Pero imagino que las próximas décadas sufrirán un aumento considerable en los casos de adulterio.

Así como los jóvenes de hoy ya presuponen que el cónyuge ha tenido un número considerable de parejas sexuales antes (ya que casi nadie toma en serio la virginidad antes del matrimonio), los casados del futuro tenderán a considerar normal que sus cónyuges tengan relaciones adúlteras ocasionales.

Imagino que habrá un aumento notable en las relaciones poligámicas y hasta en el incesto.

Y no me sorprendería si los duelos a muerte volvieran a ser un deporte relativamente popular, como ya lo fueron en el paganismo romano.

Pero no pretendo prever el futuro. Mi objetivo, con este texto, es sólo proponer tres puntos de reflexión:

Estos desarrollos pueden suceder y, por lógica, deben suceder en una sociedad que abraza el liberalismo moral.

El liberalismo no puede ser aplicado a la moral, ya que esas consecuencias son la propia negación del concepto de “moral”, que implica reglas de comportamiento del bien genuino, propio y del prójimo.

Una sociedad que abraza una pseudo teoría moral que niega la propia moral se destruirá a sí misma.

(http://es.aleteia.org/2016/03/29/como-destruir-la-civilizacion-solo-con-dos-principios-morales-falsos/)

San Benjamín

¡Oh!, San Benjamín, vos, sois el hijo del Dios de la vida y
su amado santo que, de manera y forma contundente
la palabra de Dios predicasteis. Además, le ofrecíais vuestro
dolor con filudas cañas, entre vuestras uñas, y vuestra
palabra y elocuencia convirtió a sacerdotes y magos
del mismísimo Zaratustra, a quienes decíais, con fe y
certeza, de que algún día en sus ojos y en su alma la luz
verdadera brillaría por siempre. “Yo mismo sufriré
el castigo que el Señor reserva a los seguidores que
no sacan a relucir los talentos que él les ha dado”. Les
decíais vos, de no hacerlo así. Por ello, capturado y
castigado y luego decapitado fuisteis. Los meses que
pasasteis en la cárcel os sirvieron para pensar, orar,
meditar y escribir. Así, vuestro cuerpo mataron, más
no vuestra alma, que voló presta al cielo para coronada
ser, con corona de luz y eternidad, para recibir justo
premio por vuestra entrega increíble de amor y fe;
¡oh!, San Benjamín, “vivo predicador de la luz de Cristo”.

© 2016 Luis Ernesto Chacón Delgado
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31 de Marzo
San Benjamin
Diacono y Mártir

Martirologio Romano: En el lugar de Argol, en Persia, san Benjamín, diácono, que al predicar insistentemente la palabra de Dios, consumó su martirio con cañas agudas entre sus uñas, en tiempo del rey Vararane V (c. 420).

Etimológicamente: Benjamín = Aquel que es el último nacido o Hijo de dicha, es de origen hebreo.

El rey Yezdigerd, hijo de Sapor II puso fin a la cruel persecución de los cristianos que había sido llevado al cabo en Persia durante el reinado de su padre. Sin embargo, el obispo Abdas con un celo mal entendido incendio el Pireo o templo del fuego, principal objeto del culto de los persas.

El rey amenazó con destruir todas las iglesias de los cristianos, a menos que el obispo reconstruyera el templo, pero éste se rehusó a hacerlo; el rey lo mandó a matar e inició una persecución general que duró 40 años.

Uno de los primeros mártires fue Benjamín, diácono. Después de que fuera golpeado, estuvo encarcelado durante un año.

Benjamín era un joven de un gran celo apostólico en bien de los demás. Hablaba con fluida elocuencia.

Incluso había logrado muchas conversiones entre los sacerdotes de Zaratustra. Los meses que pasó en la cárcel le sirvieron para pensar, orar, meditar y escribir.

En estas circunstancias llegó a la ciudad un embajador del emperador bizantino y lo puso en libertad. Y le dijo el rey Yezdigerd: “Te digo que tú no has tenido culpa alguna en el incendio del templo y no tienes que lamentarte de nada”.

¿No me harán nada los magos?, preguntó el rey al embajador. No, tranquilo. No convertirá a nadie, añadió el embajador.

Sin embargo, desde que lo pusieron en libertad, Benjamín comenzó con mayor brío e ímpetu su trabajo apostólico y convirtió a muchos magos haciéndoles ver que algún día brillará en sus ojos y en su alma la luz verdadera.

De no ser así –decía – yo mismo sufriré el castigo que el Señor reserva a los seguidores que no sacan a relucir los talentos que él les ha dado.

Esta vez no quiso intervenir el embajador. Pero poco después, el rey lo encarceló de nuevo y mandó que le dieran castigos hasta la muerte,siendo luego decapitado

Murió alrededor del año 420.

(http://es.catholic.net/santoraldehoy/)

San Juan Clímaco

¡Oh!, San Juan Clímaco, vos, sois el hijo del Dios de la vida
su amado santo y el más popular de los escritores ascéticos
por vuestra única obra: “Escala del paraíso”. Daniel, el monje,
redactó poco después de vuestra muerte vuestra biografía.
Vos, joven os presentasteis al monasterio del Sinaí, dispuesto
a consagraros a Dios. Ni los bienes de vuestra casa, que eran
muchos, ni la educación distinguida que habíais recibido, ni
el porvenir de éxito, obstáculo fueron para emprender una
vida humilde y austera. Martirio, os enseñó cómo las cosas
del mundo tendríais que olvidar para ser un buen monje.
Luego de tres años de novicio, entrasteis en la comunidad
de monjes. La obediencia y el estudio fueron vuestra divisa.
Y, Daniel así lo afirma. Años, más tarde, y muerto vuestro
maestro, el monje Martirio, vos, os retirasteis al extremo
del monte, cerca de una ermita, donde vivíais más cerca de Dios.
Allí, entre cuatro paredes, dejasteis el sabor a vuestras oraciones,
contemplaciones, penitencias y hasta lágrimas. Allí, aprendisteis
lo que años después aconsejasteis al abad de Raytún: “Entre
todas las ofrendas que podemos hacer a Dios, la más agradable
a sus ojos es indiscutiblemente la santificación del alma por
medio de la penitencia y de la caridad”. También, allí vencisteis
al demonio de la gula, comiendo poco y lo que permitía la regla
monástica; al mismo tiempo dominabais la vanagloria, y benigno
y amoroso con los visitantes. Erudito y santo, os buscaban para
que vos los aconsejarais. Con amor instruíais, y decíais: “quien con
sus enseñanzas puede contribuir a la salvación de sus hermanos y
no les reparte con plenitud de caridad la ciencia que haya recibido,
tendrá el castigo del que oculta el talento debajo del celemín”.
Os acusaron de charlatán, por lo cual vos mismo os impusisteis la
penitencia de no enseñar con palabras sino con obras de penitencia,
dulzura y modestia. Siendo Abad, desempeñasteis ó el cargo con
sabiduría, bondad de carácter y vida ejemplar. Y, así, habiendo
gastado vuestra vida en buena lid, voló, vuestra alma al cielo, para
coronada ser de luz, como justo premio a vuestra entrega de amor;
¡oh!, San Juan Clímaco, “viva escalera del mundo hacia Dios”.

© 2016 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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30 de marzo
San Juan Clímaco
(† 600)

El monte Sinaí, de tantos recuerdos bíblicos, forma un macizo de cumbres y valles pedregosos y resecos sin apenas vegetación. Cuando lo visitó la monja Eteria, nuestra peregrina, el Sinaí estaba poblado de monjes. Eteria vio varios monasterios, capillas custodiadas por monjes, cuevas en las que moraban anacoretas “y una iglesia en la cabeza del valle; delante de la iglesia hay un amenísimo huerto con agua abundante, en el cual está la zarza; muy cerca se enseña el lugar donde se hallaba el santo Moisés cuando le dijo Dios: Desata la correa de tu calzado”.

Aún se conserva el monasterio de El-Arbain o de los Cuarenta Mártires, llamado así porque, a fines del siglo IV, los beduinos asesinaron en aquel lugar a cuarenta monjes. Mas la iglesia de que nos habla Eteria es, sin duda, la que hizo edificar Santa Elena en el siglo IV y que, en 527, fortificó el emperador Justiniano, lo mismo que al monasterio que está junto a ella, Dicho monasterio se llama de Santa Catalina, puesto que guarda las reliquias de la santa alejandrina desde hace muchos siglos. Justiniano fortificó también otros monasterios sinaítas para proteger a los monjes de las incursiones de los beduinos de los desiertos cercanos.

El monasterio de Santa Catalina, única que ha mantenido la vida monacal en aquellos parajes agrestes, está situado a más de dos mil metros al pie del Djebel-Musa o monte de Moisés. De la parte trasera del monasterio arranca un caminito escarpado, con peldaños labrados en la roca (tres mil en total) que lleva a la cumbre. Vive en él una comunidad de monjes ortodoxos griegos y guarda una famosa biblioteca con 500 manuscritos antiguos. En el siglo pasado fue descubierto en ella el Códice Sinaítico, del siglo IV, con todo el Nuevo Testamento y la mayor parte de la versión griega del Antiguo, Dicho códice fue regalado al zar de Rusia, el cual compensó al monasterio con 9.000 rublos. Estuvo depositado en la Biblioteca de Leningrado hasta 1933, en cuya fecha lo adquirió el Museo Británico por 100.000 libras esterlinas.

El recuerdo de Moisés y de Elías, a quienes había hablado Dios en aquel monte, atrajo desde los primeros tiempos a muchos anacoretas. Después de la legislación que Justiniano dio a los monjes, éstos vivían en recintos cerrados y sólo se permitía la vida solitaria dentro de la clausura. Cada monasterio se regía a su modo, sin regla común; mas todas estaban inspiradas en los preceptos que San Basilio había dado a los monjes. Los divinos oficios duraban seis horas. El resto del día lo ocupaban en el trabajo manual y en el estudio. Se tejían sus propios vestidos: túnica burda de pelo de cabra o de borra, ceñidor, manto y sandalias. Preparaban pergaminos, transcribían e iluminaban códices. Comían una sola vez al día y practicaban extremado ayuno en Cuaresma y Adviento, La caridad en forma de hospitalidad era característica de los monjes. junto a cada monasterio estaba la hospedería para peregrinos y viajeros.

En este ambiente discurrió la vida de San Juan Clímaco, el más popular de los escritores ascéticos de aquellos siglos, debido a su única obra Escala del paraíso. Los pocos datos biográficos que han llegado a nosotros los sabemos principalmente por el monje Daniel, el cual vivía en el monasterio cercano de Raytún, situado hacia el mar Rojo. Daniel los redactó poco después de la muerte del Santo para encabezar el libro de éste.

Juan Clímaco vivió en la segunda mitad del siglo VI y la primera mitad del VII. Era muy joven cuando un buen día se presentó al monasterio del Sinaí dispuesto a consagrarse a Dios. Ni los bienes de su casa, que eran muchos, ni la educación distinguida que había recibido, ni un porvenir halagador fueron obstáculo para emprender una vida humilde y austera. Todo lo fue olvidando heroicamente bajo las instrucciones de un excelente religioso llamado Martirio, y después de tres años de noviciado —el tiempo que preceptuaba la regla— entró en la comunidad de monjes. Desde el primer momento, la obediencia y el estudio fueron su divisa. Daniel afirma escuetamente que era monje sumiso e instruido en letras.

Unos años después había muerto el monje Martirio y nuestro Santo se retiró al extremo del monte a unos cien metros de una ermita. Allí vivía más cerca de Dios en un antro angosto o celda natural, la cual fue testigo, durante muchos años, de sus prolongadas oraciones, contemplaciones, penitencias y lágrimas. Allí aprendió lo que años después aconsejaría al abad de Raytún en una carta que se ha conservado: “Entre todas las ofrendas que podemos hacer a Dios, la más agradable a sus ojos es indiscutiblemente la santificación del alma por medio de la penitencia y de la caridad”. Allí venció al demonio de la gula, comiendo poco; al mismo tiempo que dominaba la vanagloria, comiendo de todo lo que permitía la regla monástica, pues sabía que las extremadas abstinencias fueron motivo de ostentación en otros monjes. Pasó cuarenta años ajeno a la desidia, dado al estudio y al trabajo, larga la oración y breve el sueño, parco en el comer y benigno con los visitantes molestos.

Al principio vivió completamente aislado; mas corrió la fama de su erudición y santidad, y varias personas iban a él en busca de consejo. Juan las instruía con toda caridad; porque, como dejó escrito, “quien con sus enseñanzas puede contribuir a la salvación de sus hermanos y no les reparte con plenitud de caridad la ciencia que haya recibido, tendrá el castigo del que oculta el talento debajo del celemín”. No faltaron envidiosos que le tildaron de charlatán por lo cual él mismo se impuso la penitencia de no enseñar con palabras sino con obras de penitencia, dulzura y modestia. Ello duró hasta que los mismos que le habían difamado fueron a rogarle que renovara sus divinas instrucciones. No estuvo a refugio de las tentaciones, sino que pasó momentos de tristeza y desaliento con ganas de echarlo todo a rodar. Pero se tranquilizaba luego, pensando en que agradaba a Jesucristo y que muchos habían llegado a la santidad por aquel camino.

Cuando murió el abad de Monte Sinaí, los monjes fueron en busca de Juan y le rogaron que aceptara el cargo de sucesor. El Santo opuso excusas y resistencias, pero los monjes no cejaron hasta que aceptó y se fue al monasterio con ellos. No se habían equivocado: Juan desempeñó el cargo con sabiduría, bondad de carácter y vida ejemplar.

Siendo abad, redactó, o terminó por lo menos, Escala del paraíso, fruto de su larga experiencia ascética. Se compone de treinta grados, que son otros tantos capítulos en donde el Santo explica, en forma de aforismos y sentencias, las virtudes del monje y los vicios que deberá vencer. El estilo es muy sencillo y claro; al alcance de todos. Se sirve de ejemplos vividos en los monasterios. Así nos dice que, edificándole la virtud del monje cocinero, le preguntó una vez cómo podía andar recogido en todo momento con una ocupación tan material. El cocinero le respondió: “Cuando sirvo a los monjes me imagino que sirvo al mismo Dios en la persona de sus servidores, y el fuego de la cocina me recuerda las llamas que abrasarán a los pecadores eternamente”.

Los primeros grados de Escala del paraíso son: la renuncia a la vida del mundo, a los afectos terrenos, al afecto de los parientes, la obediencia, la penitencia, el pensamiento de la muerte y el don de lágrimas o, como él dice, la tristeza que nos causa alegría. “Carísimos amigos —escribe el Santo—, en la hora de la muerte, el juez soberano no nos echará en cara el no haber obrado milagros, o no haber sabido sutilizar en materias elevadas de teología, como tampoco el no haber llegado a un elevado grado de contemplación, sino de no haber llorado nuestros pecados de modo que mereciésemos el perdón”. Los grados siguientes son: la dulzura que triunfa de la cólera, olvido de las injurias, huir de la maledicencia, pues ésta reseca la virtud de la caridad; amor al silencio, porque el mucho hablar lleva a la vanagloria; huir de la mentira, que es un acto de hipocresía; combatir el fastidio y la pereza, puesto que esta última destruye por sí sola todas las virtudes; practicar la templanza, porque el golosinear es una hipocresía del estómago, el cual dice que se va a saciar con aquello y no se sacia. Contentando la intemperancia, viene la impureza; de aquí que el grado siguiente sea el amor a la castidad. La castidad —dice— es un don de Dios, y para obtenerlo conviene recurrir a EI, pues a la naturaleza no la podemos vencer con sólo nuestras fuerzas. Siguen los grados que tratan de la pobreza, virtud opuesta a la avaricia, del endurecimiento del corazón, que es la muerte del alma, del sueño, del canto de los salmos, de las vigilias, de la timidez afeminada, de la vanagloria, del orgullo y de la blasfemia. Luego, las virtudes típicamente contemplativas: dulzura del alma, humildad, vida interior, paz del alma, oración y recogimiento. El último grado del libro está dedicado a las virtudes teologales.

Movido de la caridad operante, hizo edificar una hospedería para peregrinos a poca distancia del monasterio. Enterado de ello el papa San Gregorio el Grande, quiso ayudarle enviándole una cantidad junto con una carta, que se ha conservado, en la que se recomienda a sus oraciones.

Murió con la misma simplicidad que había vivido. Su Escala del paraíso se hizo pronto famosa. El libro fue copiado y leído en todos los monasterios, se tradujo al latín y el autor fue siempre conocido con el sobrenombre de Clímaco, del griego clymax, que significa “escalera”. También le llamaron Juan el Escolástico, apelativo que solo se daba a personas de muchos conocimientos. Juan Clímaco es uno de los Santos Padres de la Iglesia griega.

JUAN FERRANDO ROIG

(http://www.mercaba.org/SANTORAL/Vida/03/03-30_S_juan_climaco.htm)

San Guillermo Tempier

¡Oh!, San Guillermo Tempier, vos sois el hijo del Dios de la vida
y su amado santo, que, prudente y firme, defendisteis contra
los nobles la Iglesia que a vos, fue encomendada, ofreciendo
vuestra persona como ejemplo de vida. A vos os recuerdan
como valiente defensor de los derechos y bienes de vuestra
diócesis; haciendo uso de inteligencia y paciencia. Cuando os
conocieron como «Guillermo el fuerte», obligasteis a una
de vuestros vasallos a prestaros el debido homenaje. Después
de trece años de haberos entregado a vuestro episcopado,
voló, vuestra alma al cielo y fuisteis enterrado en la iglesia
de San Cipriano. Vos, que en vida fuisteis sin piedad alguna
confrontado por los notables de la diócesis, de muerto honrado
fuisteis como admirable santo; señal clara, de que, además
de la energía puesta en la conducción administrativa y política
de la diócesis; en el campo pastoral fuisteis un extraordinario
obispo, siempre atento a la vida espiritual de vuestros fieles,
para quienes fuisteis un vivo ejemplo. El pueblo de Poitiers
acudía a vuestra tumba para ser curados de hemorragias.
Y, así, vuestro paso por esta tierra, dejó huella al estilo de Cristo,
que su vida dio por todos nosotros, sin nada a cambio. Hoy,
lucís, corona de luz como justo premio a vuestra entrega de amor;
¡oh!, San Guillermo Tempier, “vivo ejemplo del amor de Cristo”.

© 2016 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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29 de Marzo
San Guillermo Tempier
Obispo

Martirologio Romano: En Poitiers, en Aquitania, en Francia, san Guillermo Tempier, obispo, que, prudente y firme, defendió contra los nobles la Iglesia a él encomendada, ofreciendo en su persona un integérrimo ejemplo de vida. (1197)

No tenemos muchas noticias acerca de san Guillermo Tempier, pero su memoria estuvo desde el origen ligada al 29 de marzo y así la reporta el Martirologio Romano.

Se desconoce cuándo y dónde nació, se cree que en Poitiers (Francia), porque era Canónigo Regular en San Hilario de Poitiers, fue elegido obispo de esa ciudad en 1184, como lo prueba un documento de ese año.

Es recordado por su valentía en la defensa de los derechos y bienes de su diócesis; esto también se sustenta en un documento de 1185, que lo señala como defensor contra los perseguidores de la Diócesis, y dotado de viril paciencia.

En 1191 aparece como «Guillermo el fuerte», en ese año obligó a una de sus vasallos a prestarle el debido homenaje; no hay que olvidar que era la Edad Media, y las costumbres generales de la época obligaban a asumir actitudes, para nosotros hoy incomprensibles.

Después de trece años de intenso episcopado, murió el 29 de marzo de 1197, y fue enterrado en la iglesia de San Cipriano. Guillermo Tempier, el obispo que en vida fue fuertemente confrontado por los notables de la diócesis, de muerto fue honrado como santo; señal de que, además de la energía expresada en la conducción administrativa y política de la diócesis, en el campo pastoral fue un gran obispo, atento a la vida espiritual de sus fieles, para quienes era un ejemplo íntegro.

El pueblo de Poitiers se dirigía a su tumba para ser curados de hemorragias.

(http://es.catholic.net/santoral/articulo.php?id=45701)

San Guntrano

¡Oh!, San Guntrano, vos, sois el hijo del Dios de la vida,
y su amado santo que distribuisteis vuestros tesoros entre
las iglesias y los pobres. A pesar de que vuestros pasos
no fueron los de un santo pues, repudiasteis a vuestra
primera esposa, por no haberos dado más que un heredero.
Luego tomasteis una segunda esposa, quién murió también
después de dar a luz junto con vuestro hijo. Finalmente,
vuestra tercera esposa, os dio dos niños que jóvenes
murieron. Así pues, vos, concluisteis de que vuestro luto,
consecuencia era de vuestros pecados. Y, así, a no cambiar
de esposa os comprometisteis en adelante y adoptasteis
a vuestro sobrino, huérfano de uno de vuestros hermanos.
Os consagrasteis con energía al cristianismo y con vuestra
fortuna a construir la Iglesia. Pacificador y protector
de los oprimidos, atendíais a los enfermos, erais tierno
con vuestros súbditos y generoso en vuestras limosnas.
Justo en la ley, perdonasteis ofensas contra vos, e incluso,
el intento de asesinaros. Y, así, luego de vuestra vida
gastar en buena lid, voló, vuestra alma al cielo, para
coronada ser con corona de luz, como premio a vuestro amor;
¡oh!, San Guntrano, “viva misericordia del amor del Dios vivo”.

© 2016 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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28 de marzo
San Guntrano
Laico
Rey de Borgoña y Orleáns

Martirologio Romano: En Chálon-sur-Saóne, en Burgundia, en Francia, sepultura de san Guntrano, rey de los francos, que distribuyó sus tesoros entre las iglesias y los pobres.

Era nieto de Santa Clotilde. Hermano de los reyes Charibert y Sigebert.

Sus primeros pasos del monarca no fueron los de un santo precisamente. Repudió a su primera esposa, Veneranda, luego de haberle dado sólo un heredero que murió a edad temprana. La segunda esposa, Merestrude no tuvo mejor suerte, murió poco después de su parto junto con el niño. Austrechilde, la tercera esposa, le dio dos niños que murieron jóvenes.

Guntrano, luego de estas vivencias, llegó a la conclusión de que su luto era consecuencia de los pecados cometidos, se comprometió a no caer en la tentación de cambiar de esposa en la búsqueda de un heredero, adoptando a su sobrino Chieldeberto, huérfano de uno de sus hermanos.

En su conversión al cristianismo superó así con remordimiento los actos anteriores de su vida, consagrando su energía y fortuna a construir la Iglesia.

Pacificador, protector de los oprimidos, atendía a los enfermos, tierno con sus súbditos, generoso en sus limosnas, especialmente en épocas de hambre o plaga. Obligaba al correcto cumplimiento de la ley sin favoritismos, perdonó incluso ofensas contra él incluyendo a dos que intentaron asesinarlo.

Murió el 28 de Marzo de 592, fue enterrado en la Iglesia de San Marcelo que él habia fundado, su craneo ahora se conserva en una urna de plata.

Fue declarado santo casi inmediatamente después de su muerte por sus súbditos.

(http://es.catholic.net/santoraldehoy/)

Domingo de Pascua: ¡Ha Resucitado el Señor!

Presentación1

Domingo de Resurrección
Cuaresma y Semana Santa
¡Ha resucitado el Señor!

¡Pidamos a Cristo resucitado poder resucitar junto con Él, ya desde ahora!

Por: P . Sergio Córdova LC | Fuente: Catholic.net

Del santo Evangelio según san Juan 20, 1-9

El día después del sábado, María Magdalena fue al sepulcro muy de mañana cuando aún era de noche, y vio que la piedra del sepulcro estaba movida. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto». Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó.

Oración introductoria

Señor Jesús, por tu resurrección sé que estoy llamado a resucitar, para eso es la vida, para eso he sido creado. Te suplico que seas Tú la luz en mi camino y, en este momento de oración, ayuda a mis sentidos para que sepan recogerse en el silencio interior y exterior, para poder aspirar a contemplar tu gloriosa resurrección.

Petición

¡Pidamos a Cristo resucitado poder resucitar junto con Él, ya desde ahora!

Meditación del Papa Francisco

La mañana de Pascua, advertidos por las mujeres, Pedro y Juan corrieron al sepulcro y lo encontraron abierto y vacío. Entonces, se acercaron y se “inclinaron” para entrar en la tumba. Para entrar en el misterio hay que “inclinarse”, abajarse. Sólo quien se abaja comprende la glorificación de Jesús y puede seguirlo en su camino.

El mundo propone imponerse a toda costa, competir, hacerse valer… Pero los cristianos, por la gracia de Cristo muerto y resucitado, son los brotes de otra humanidad, en la cual tratamos de vivir al servicio de los demás, de no ser altivos, sino disponibles y respetuosos. […]

Pidamos paz y libertad para tantos hombres y mujeres sometidos a nuevas y antiguas formas de esclavitud por parte de personas y organizaciones criminales. Paz y libertad para las víctimas de los traficantes de droga, muchas veces aliados con los poderes que deberían defender la paz y la armonía en la familia humana. E imploremos la paz para este mundo sometido a los traficantes de armas que ganan con la sangre de los hombres y las mujeres.

Y que a los marginados, los presos, los pobres y los emigrantes, tan a menudo rechazados, maltratados y desechados; a los enfermos y los que sufren; a los niños, especialmente aquellos sometidos a la violencia; a cuantos hoy están de luto; y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, llegue la voz consoladora del Señor Jesús: “Paz a vosotros”. “No temáis, he resucitado y siempre estaré con vosotros”. (Homilía de S.S. Francisco, 5 de abril de 2015).

Reflexión

¡Exulten por fin los coros de los ángeles, exulten las jerarquías del cielo, y, por la victoria de Rey tan poderoso, que las trompetas anuncien la salvación!. Con estas palabras inicia el maravilloso pregón pascual que el diácono canta, emocionado, la noche solemne de la Vigilia de la resurrección de Cristo. Y todos los hijos de la Iglesia, diseminados por el mundo, explotan en júbilo incontenible para celebrar el triunfo de su Redentor. ¡Por fin ha llegado la victoria tan anhelada!

En una de las últimas escenas de la película de la Pasión de Cristo, de Mel Gibson, tras la muerte de Jesús en el Calvario, aparece allá abajo, en el abismo, la figura que en todo el film personifica al demonio, con gritos estentóreos, los ojos desencajados de rabia y con todo el cuerpo crispado por el odio y la desesperación. ¡Ha sido definitivamente vencido por la muerte de Cristo! En este sentido es verdad –como proclamaba Nietzsche- “que Dios ha muerto”. Pero ha entregado libre y voluntariamente su vida para redimirnos, y con su muerte nos ha abierto las puertas de una vida nueva y eterna.

Es muy sugerente el modo como Franco Zeffirelli presenta la escena de la resurrección en su película “Jesús de Nazaret”. Los apóstoles Pedro y Juan vienen corriendo al sepulcro, muy de madrugada, y no encuentran el cuerpo del Señor. Luego llegan también dos miembros del Sanedrín para cerciorarse de los hechos, y sólo hallan los lienzos y el sudario, y el sepulcro vacío. Y comenta fríamente uno de ellos: “¡Éste es el inicio!”.

Sí. El verdadero inicio del cristianismo y de la Iglesia. De aquí arrancará la propagación de la fe al mundo entero. Porque la Vida ha vuelto a la vida. Cristo resucitado es la clave de todas nuestras certezas. Como diría Pablo más tarde: “Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, vana es vuestra fe; aún estáis en vuestros pecados… Pero no. Cristo ha resucitado de entre los muertos como primicia de los que duermen” (I Cor 15, 14.17.20). En Él toda nuestra vida adquiere un nuevo sentido, un nuevo rumbo, una nueva dimensión: la eterna.

Y, sin embargo, no siempre resulta fácil creer en Cristo resucitado, aunque nos parezca una paradoja. Una de las cosas que más me llaman la atención de los pasajes evangélicos de la Pascua es, precisamente, la gran resistencia de todos los discípulos para creer en la resurrección de su Señor. Nadie da crédito a lo que ven sus ojos: ni las mujeres, ni María Magdalena, ni los apóstoles -a pesar de que se les aparece en diversas ocasiones después de resucitar de entre los muertos-, ni Tomás, ni los discípulos de Emaús. Y nuestro Señor tendrá que echarles en cara su incredulidad y dureza de corazón. El único que parece abrirse a la fe es el apóstol Juan, tal como nos lo narra el Evangelio de hoy.

Pedro y Juan han acudido presurosos al sepulcro, muy de mañana, cuando las mujeres han venido a anunciarles, despavoridas, que no han hallado el cuerpo del Señor. Piensan que alguien lo ha robado y les horroriza la idea. Los discípulos vienen entonces al monumento, y no encuentran nada. Todo como lo han dicho las mujeres. Pero Juan, el predilecto, ya ha comenzado a entrar en el misterio: ve las vendas en el suelo y el sudario enrollado aparte. Y comenta: “Vio y creyó”. Y confiesa ingenuamente su falta de fe y de comprensión de las palabras anunciadas por el Señor: “Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que Él debía de resucitar de entre los muertos”.

¿Qué fue lo que vio esa mañana? Seguramente la sábana santa en perfectas condiciones, no rota ni rasgada por ninguna parte. Intacta, como la habían dejado en el momento de la sepultura. Sólo que ahora está vacía, como desinflada; como si el cuerpo de Jesús se hubiera desaparecido sin dejar ni rastro. Entendió entonces lo sucedido: ¡había resucitado! Pero Juan vio sólo unos indicios, y con su fe llegó mucho más allá de lo que veían sus sentidos. Con los ojos del cuerpo vio unas vendas, pero con los ojos del alma descubrió al Resucitado; con los ojos corporales vio una materia corruptible, pero con los ojos del espíritu vio al Dios vencedor de la muerte.

Lo que nos enseñan todas las narraciones evangélicas de la Pascua es que, para descubrir y reconocer a Cristo resucitado, ya no basta mirarlo con los mismos ojos de antes. Es preciso entrar en una óptica distinta, en una dimensión nueva: la de la fe. Todos los días que van desde la resurrección hasta la ascensión del Señor al cielo será otro período importantísimo para la vida de los apóstoles. Jesús los enseñará ahora a saber reconocerlo por medio de los signos, por los indicios. Ya no será la evidencia natural, como antes, sino su presencia espiritual la que los guiará. Y así será a partir de ahora su acción en la vida de la Iglesia.

Eso les pasó a los discípulos. Y eso nos ocurre también a nosotros. Al igual que a ellos, Cristo se nos “aparece” constantemente en nuestra vida de todos los días, pero muy difícilmente lo reconocemos. Porque nos falta la visión de la fe. Y hemos de aprender a descubrirlo y a experimentarlo en el fondo de nuestra alma por la fe y el amor.

Y esta experiencia en la fe ha de llevarnos paulatinamente a una transformación interior de nuestro ser a la luz de Cristo resucitado. “El mensaje redentor de Pascua -como nos dice un autor espiritual contemporáneo- no es otra cosa que la purificación total del hombre, la liberación de sus egoísmos, de su sensualidad, de sus complejos; purificación que, aunque implica una fase de limpieza y saneamiento interior -por medio de los sacramentos- sin embargo, se realiza de manera positiva, con dones de plenitud, como es la iluminación del Espíritu, la vitalización del ser por una vida nueva, que desborda gozo y paz, suma de todos los bienes mesiánicos; en una palabra, la presencia del Señor resucitado”.

En efecto, san Pablo lo expresó con incontenible emoción en este texto, que recoge la segunda lectura de este domingo de Pascua: “Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de allá arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con Él, en gloria” (Col 3, 1-4).

Propósito

Poner especial atención a la convivencia familiar, para que este día esté caracterizado por la alegría.

Diálogo con Cristo

Jesús, qué alegría poder celebrar la Pascua de Resurrección, con júbilo festejo que has vencido el miedo al sufrimiento y a la muerte… y todo para enseñarme un estilo de vida que me puede llevar a la plenitud el amor. ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias! Rebosa mi corazón de esa auténtica emoción que da una paz inigualable. Confío que no se apagará por los problemas y contrariedades que hoy se puedan presentar, sé que depende de mi actitud porque tu gracia lo hace posible.

(http://es.catholic.net/op/articulos/14486/ha-resucitado-el-seor.html)

Exultet o Pregón Pascual

Pregón

Exultet O Pregón Pascual
El texto del himno

Alégrense por fin los coros de los ángeles,
Alégrense las jerarquías del cielo,
y por la victoria de rey tan poderoso
que las trompetas anuncien la salvación.

Goce también la tierra, inundada de tanta claridad,
y que, radiante con el fulgor del rey eterno,
se sienta libre de la tiniebla,
que cubría el orbe entero.

Alégrese también nuestra madre la Iglesia,
revestida de luz tan brillante;
resuene este templo
con las aclamaciones del pueblo.

Por eso, queridos hermanos,
que asistís a la admirable claridad de esta luz santa,
invocad conmigo la misericordia de Dios omnipotente,
para que aquel que, sin mérito mío,
me agregó al número de los diáconos:,
completen mi alabanza a este cirio,
infundiendo el resplandor de su luz.

El Señor esté con ustedes.
Y con tu espíritu.
Levantemos el corazón.
Lo tenemos levantado hacia el Señor.
Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
Es justo y necesario.

En verdad es justo y necesario
aclamar con nuestras voces
y con todo el afecto del corazón
a Dios invisible, el Padre todopoderoso,
y a su único Hijo, nuestro Señor Jesucristo.
Porque él ha pagado por nosotros al eterno Padre
la deuda de Adán
y, ha borrado con su sangre inmaculada,
la condena del antiguo pecado.

Porque éstas son las fiestas de Pascua
en las que se inmola el verdadero Cordero,
cuya sangre consagra las puertas de los fieles.

Esta es la noche en que sacaste de Egipto,
a los israelitas, nuestros padres,
y los hiciste pasar a pie el Mar Rojo.

Esta es la noche en que la columna de fuego
esclareció las tinieblas del pecado.

Esta es la noche
que a todos los que creen en Cristo, por toda la tierra
los arranca de los vicios del mundo
y de la oscuridad del pecado,
los restituye a la gracia
y los agrega a los santos.

Esta es la noche en que,
rotas las cadenas de la muerte,
Cristo asciende victorioso del abismo.
¿De qué nos serviría haber nacido
si no hubiéramos sido rescatados?
¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros!
¡Qué incomparable ternura y caridad!
Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo!

Necesario fue el pecado de Adán,
que ha sido borrado por la muerte de Cristo.
¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!

¡Qué noche tan dichosa!
Sólo ella conoció el momento
en que Cristo resucitó del abismo.

Esta es la noche de que estaba escrito:
«Será la noche clara como el día,
la noche iluminada por mi gozo.»
Y así, esta noche santa
ahuyenta los pecados,
lava las culpas,
devuelve la inocencia a los caídos,
la alegría a los tristes,
expulsa el odio,
trae la concordia,
doblega a los potentes.

En esta noche de gracia,
acepta, Padre Santo,
el sacrificio vespertino de esta llama,
que la santa Iglesia te ofrece
en la solemne ofrenda de este cirio,
obra de las abejas.

Sabemos ya lo que anuncia esta columna de fuego,
ardiendo en llama viva para gloria de Dios.
Y aunque distribuye su luz,
no mengua al repartirla,
porque se alimenta de cera fundida,
que elaboró la abeja fecunda
para hacer esta lámpara preciosa.

¡Qué noche tan dichosa
en que se une el cielo con la tierra,
lo humano con lo divino!

Te rogamos, Señor, que este cirio,
consagrado a tu nombre,
para destruir la oscuridad de esta noche,
arda sin apagarse
y, aceptado como perfume,
se asocie a las lumbreras del cielo.
Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo,
ese lucero que no conoce ocaso
Jesucristo, tu Hijo,
que, volviendo del abismo,
brilla sereno para el linaje humano,
y vive y reina por los siglos de los siglos.

Amén.

Su historia

El himno en alabanza del cirio pascual cantado por el diácono, en la liturgia del Sábado Santo. En el misal el título del himno es Praeconium, según se desprende de la fórmula utilizada en la bendición del diácono: ut digne competenter et suum annunties Paschale praeconium. Fuera de Roma, el uso del cirio pascual parece haber sido muy antiguo en Italia, Galia, España, y tal vez, a partir de la referencia por San Agustín (De civ. Dei, XV, XXII), en África. El “Liber Pontificalis” atribuye su introducción en la Iglesia Romana local al Papa San Zósimo.

La fórmula utilizada para el Praeconium no siempre fue el “Exultet”, aunque tal vez sea cierto que esta fórmula ha sobrevivido, donde otras fórmulas contemporáneas han desaparecido. Por ejemplo, en el “Liber Ordinum” la fórmula es de la naturaleza de una bendición, y el Sacramentario Gelasiano tiene la oración “Deus Conditor mundi”, que no se encuentran en otros lugares, pero que contiene la notable “alabanza de la abeja” —posiblemente un recuerdo virgiliano— que se encuentra con más o menos modificación en todos los textos del Praeconium hasta el día de hoy. La regularidad del cursus métrico del “Exultet” nos llevaría a colocar la fecha de su composición quizás tan temprano como el siglo V, y a más tardar el VII. El primer manuscrito en el que aparece son los de los tres sacramentarios galicanos: el Misal de Bobio (siglo VII), el misal gótico y el misal galicano vetus (ambos del siglo VIII). Los primeros manuscritos del Sacramentario Gregoriano (Vat. Reg. 337) no contienen el “Exultet”, pero se añadió en el suplemento sobre a lo que ha sido vagamente llamado Sacramentario de Adrián, y, probablemente, elaborado bajo la dirección de Alcuino.

En su forma actual en la liturgia, puede ser comparado con otras dos formas, la bendición de las palmas, y la bendición de la fuente bautismal. El orden es, en pocas palabras:

(1) Una invitación a los presentes a unirse con el diácono en la invocación de la bendición de Dios, que las alabanzas de la vela puedan ser celebradas dignamente. Esta invitación, que falta en las dos bendiciones antedichas, se puede comparar a un “Orate Fratres” ampliado, y su antigüedad está atestiguada por su presencia en la forma ambrosiana, que de otro modo se diferencia de la romana. Esta sección se cierra con el “Per omnia saecula saeculorum”, que conduce a…

(2) “Dominus Vobiscum”, etc, “Sursum corda”, etc, “Gratias agamus”, etc. Esta sección sirve de introducción al cuerpo del “Praeconium”, puesto en la forma eucarística para enfatizar en su solemnidad.

(3) El “Praeconium” propiamente dicho, que es de la naturaleza de un prefacio, o, como se le llama en el Missale Gallicanum Vetus, una contestatio. En primer lugar, hay un paralelo entre la Pascua judía del Antiguo Testamento y la Pascua del Nuevo Testamento, siendo aquí la vela como un tipo de la columna de fuego. Y aquí el lenguaje de la liturgia se eleva a alturas para las que es difícil encontrar un paralelo en la literatura cristiana. Somos sacados de la fría declaración dogmática al calor del más profundo misticismo, a la región donde, a la luz del paraíso, incluso el pecado de Adán puede ser considerado como “realmente necesario” y “feliz culpa”. En segundo lugar, la propia vela se ofrece como sacrificio de holocausto, un tipo de Cristo, marcado por los granos de incienso como con las cinco llagas gloriosas de su Pasión. Y, por último, el “Praeconium” termina con una intercesión general por los presentes, por el clero, por el Papa, y por los gobernantes cristianos. Para estos últimos el texto tal y como está ahora no puede ser utilizado. En esta fórmula se podría rezar por la cabeza del Sacro Imperio Romano por sí sola, y la renuncia (1804) de las prerrogativas de tan augusta posición, por el emperador Francisco II de Austria, que dejó dicha posición vacante hasta el día de hoy.

Queda por señalar tres accesorios del “Exultet”: el ceremonial realizado durante su actuación; la música con la que ha sido cantado, y los llamados “rollos del Exultet” en los que fue escrito a veces. El diácono se viste con una dalmática blanca, el resto de los ministros sagrados se visten de púrpura. La colocación de los cinco granos de incienso con las palabras incensi hujus sacrificium probablemente ha surgido a partir de una concepción errónea del significado del texto. El encendido del cirio es seguido por la iluminación de todas las lámparas y velas de la iglesia, apagadas desde el cierre de maitines. El canto es usualmente una forma elaborada del muy conocido recitado del prefacio. En algunos usos se introdujo una “bravura” larga sobre la palabra accendit, para llenar la pausa, que de otro modo ocurriría durante el encendido de la vela. Un análisis detallado de los cantos, que se encuentra en manuscritos antiguos, ha sido publicado en “Paléographie Musicale”, IV, VIII, 171. Dom Latil ha publicado el texto, y parte del canto muy adornado, de un “Exultet” en Salerno. El texto es casi idéntico a uno publicado previamente por Duchesne a partir de un rollo en Bari. En Italia, el “Praeconium” fue cantado de largas tiras de pergamino, que se desenrollaban poco a poco según el diácono procedía. Estos “rollos de Exultet” estaban decorados con ilustraciones y con retratos de soberanos contemporáneos reinantes, cuyos nombres eran mencionados en el curso del “Praeconium”. El uso de estos rollos, por lo que se conoce en la actualidad, se limitó a Italia. Los mejores ejemplos datan de los siglos X y XI.

Fuente: Walker, Charlton. “Exultet.” The Catholic Encyclopedia. Vol. 5. New York: Robert Appleton Company, 1909. <http://www.newadvent.org/cathen/05730b.htm&gt;.