San Vicente

¡Oh!, San Vicente, vos, sois el hijo del Dios de la vida y
su amado santo, y, aquél hombre que, persistiendo junto
a Valerio, vuestro Obispo, en la fe, dijisteis: “Estamos
dispuestos a padecer todos los sufrimientos posibles
con tal de permanecer fieles a la religión de Nuestro
Señor Jesucristo”. Entonces, Daciano, desterró a vuestro
Obispo y se dedicó a imponeros, sufrir impensables
torturas para tratar de haceros abandonar vuestra fe.
El primer martirio fue un tormento llamado “el potro” y
os amarraron cables a los pies y a las manos y tiraron
en cuatro direcciones distintas al mismo tiempo, pero vos,
fiel a vuestro nombre, que significa «valeroso”, soportasteis
este suplicio rezando y sin dejar de proclamar vuestro
amor a Jesucristo. El segundo tormento fue apalearlo y
vuestro cuerpo, fue masacrado y envuelto en sangre. Pero,
seguisteis declarando que no admitíais más dioses que
el Dios verdadero, ni más religión sino la de Cristo. Y,
el jefe de los verdugos admirado se quedó, ante vuestro
increíble valor. Entonces el gobernador os pidió que dijeses
dónde estaban las Sagradas Escrituras para quemarlas,
cosa a la que os negasteis, diciendo que preferíais la muerte,
antes que decirle tal secreto. Entonces, vino el tercer
tormento: La parrilla al rojo vivo, entonces, os extendieron
sobre ella, y los verdugos echaban sal a vuestras heridas,
sufriendo con ellas mucho más, y por increíble que pareciera,
vos, sólo alababais y bendecíais a Dios. San Agustín dice
de vos: “El que sufría era Vicente, pero el que le daba tan
grande valor era Dios. Su carne al quemarse le hacía llorar y
su espíritu al sentir que sufría por Dios, le hacía cantar”.
Dios, os concedió un valor extraordinario, para aguantar
los tormentos y sobrellevarlos. Finalmente, el mísero tirano
mandó que os llevaran a un oscuro calabozo, con piso
de vidrios cortantes, para dejaros hasta el día siguiente,
amarrado y de pie, para seguiros atormentando y ver si
abandonabais a Cristo. Prudencio, el poeta dice: “El calabozo
era un lugar más negro que las mismas tinieblas; un covacho
que formaban las estrechas piedras de una bóveda inmunda;
era una noche eterna donde nunca penetraba la luz”. Pero
vuestro Amado Dios, no os abandonó jamás y a medianoche
el calabozo se llenó de luz. Se os soltaron las cadenas. El
piso se cubrió de flores. Se oyó música celestial. Y una voz
os dijo: “Ven valeroso mártir a unirte en el cielo con el grupo
de los que aman a Nuestro Señor”. Al oír este hermoso mensaje,
vos moristeis de pura emoción, tanto que el carcelero cristiano
se volvió y vuestro perseguidor lloró de rabia al día siguiente
al derrotado sentirse, vencido por vos, valiente diácono. Y, así,
vano es preguntarse siquiera ¿dónde estáis ahora vos? ¿Dónde?
Porque vos, coronado de luz estáis en el cielo, como premio
a vuestra extraordinaria e increíble entrega de amor, fe, y valor;
¡oh!, San Vicente, “vivo amor, y luz victoriosa del Dios de la vida”.

© 2016 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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22 de Enero
San Vicente
Mártir Año 304

San Vicente: ¡que nos consigas del cielo la gracia de Dios que nos vuelva muy valientes para proclamar nuestra fe!

Vicente significa: «Vencedor, victorioso”. San Vicente era un diácono español, y su martirio se hizo tan famoso que San Agustín le dedicó cuatro sermones y dice de él que no hay provincia donde no le celebren su fiesta. Roma levantó tres iglesias en honor de San Vicente y el Papa San León lo estimaba muchísimo. El poeta Prudencio compuso en honor de este mártir un himno muy famoso.

Era diácono o ayudante del obispo de Zaragoza, San Valerio. (Diácono es el grado inmediatamente inferior al sacerdocio). Como el obispo tenía dificultades para hablar bien, encargaba a Vicente la predicación de la doctrina cristiana, lo cual hacía con gran entusiasmo y consiguiendo grandes éxitos por su elocuencia y su santidad.

El emperador Diocleciano decretó la persecución contra los cristianos, y el gobernador Daciano hizo poner presos al obispo Valerio y a su secretario Vicente y fueron llevados prisioneros a Valencia. No se atrevieron a juzgarlos en Zaragoza porque allí la gente los quería mucho. En la cárcel les hicieron sufrir mucha hambre y espantosas torturas para ver si renegaban de la religión. Pero cuando fueron llevados ante el tribunal, Vicente habló con tan grande entusiasmo en favor de Jesucristo, que el gobernador regañó a los carceleros por no haberlo debilitado más con más atroces sufrimientos. Les ofrecieron muchos regalos y premios si dejaban la religión de Cristo y se pasaban a la religión pagana. El obispo encargó a Vicente para que hablara en nombre de los dos, y éste dijo: «Estamos dispuestos a padecer todos los sufrimientos posibles con tal de permanecer fieles a la religión de Nuestro Señor Jesucristo”. Entonces el perseguidor Daciano desterró al obispo y se dedicó a hacer sufrir a Vicente las más espantosas torturas para tratar de hacerlo abandonar su santa religión.

El primer martirio fue un tormento llamado «el potro”

Consistía en amarrarles cables a los pies y a las manos y tirar en cuatro direcciones distintas al mismo tiempo. Este tormento hacía que se desanimaran todos los que no fueran muy valientes. Pero Vicente, fiel a su nombre, que también significa «valeroso”, aguantó este terrible suplicio rezando y sin dejar de proclamar su amor a Jesucristo.

El segundo tormento fue apalearlo

El cuerpo de Vicente quedó masacrado y envuelto en sangre. Pero siguió declarando que no admitía más dioses que el Dios verdadero, ni más religión sino la de Cristo. El mismo jefe de los verdugos se quedó admirado ante el valor increíble de este mártir.

Entonces el gobernador le pidió que ahora sí le dijera dónde estaban las Sagradas Escrituras de los cristianos para quemarlas. Vicente dijo que prefería morir antes que decirle este secreto.

Y vino el tercer tormento: La parrilla al rojo vivo

Lo extendieron sobre una parrilla calientísima erizada de picos al rojo vivo. Los verdugos echaban sal a sus heridas y esto le hacía sufrir mucho más. Y en todo este feroz tormento, Vicente no hacía sino alabar y bendecir a Dios.

San Agustín dice: «El que sufría era Vicente, pero el que le daba tan grande valor era Dios. Su carne al quemarse le hacía llorar y su espíritu al sentir que sufría por Dios, le hacía cantar”. Si no hubiera sido porque Nuestro Señor le concedió un valor extraordinario, Vicente no habría sido capaz de aguantar tantos tormentos. Pero Dios cuando manda una pena, concede también el valor para sobrellevarla.

El tirano mandó que lo llevaran a un oscuro calabozo cuyo piso estaba lleno de vidrios cortantes y que lo dejaran amarrado y de pie hasta el día siguiente para seguirlo atormentando para ver si abandonaba la religión de Cristo. El poeta Prudencio dice: «El calabozo era un lugar más negro que las mismas tinieblas; un covacho que formaban las estrechas piedras de una bóveda inmunda; era una noche eterna donde nunca penetraba la luz”.

Interviene Dios

Pero a medianoche el calabozo se llenó de luz. A Vicente se le soltaron las cadenas. El piso se cubrió de flores. Se oyeron músicas celestiales. Y una voz le dijo: «Ven valeroso mártir a unirte en el cielo con el grupo de los que aman a Nuestro Señor”. Al oír este hermoso mensaje, San Vicente se murió de emoción. el carcelero se convirtió al cristianismo, y el perseguidor lloró de rabia al día siguiente al sentirse vencido por este valeroso diácono.

(http://www.ewtn.com/SPANISH/Saints/Vicente.htm)

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