Beata Sor Ana de los Ángeles Monteagudo

10 de Enero
Beata
Sor Ana de los Ángeles Monteagudo

Biografía

Ana Monteagudo Ponce de León conocida como Sor Ana de los Ángeles Monteagudo, es una beata peruana. Nació en Arequipa el 26 de julio de 1602 o 1604. Fue hija del español Sebastián Monteagudo de la Jara, y de la dama arequipeña Francisca Ponce de León. Fue la cuarta de ocho hermanos. No se conoce exactamente la fecha de su nacimiento porque su partida de bautismo se perdió durante un incendio en la Iglesia Mayor de Arequipa en 1620. A los tres años, fue entregada a las monjas catalinas que residían en el Monasterio de Santa Catalina, de la Orden Dominica para ser educada e instruida. Es de suponer que el trato con algunas religiosas de probada virtud fuera sembrando en su alma el deseo -que luego se transformó en vocación- de entregarse a Dios como religiosa dominica de clausura.

Su Noviciado

Cuando tenía aproximadamente 14 años de edad, sus padres decidieron que ya había llegado el momento de reintegrarla a la vida de la ciudad y fue retirada del monasterio, con el fin de comprometerla. La joven Ana, de vuelta a su casa, decidió seguir con el mismo género de vida que hasta entonces había llevado en el monasterio de Santa Catalina. Hizo de su habitación un lugar de retiro, donde trabajaba y rezaba, sin descuidar los quehaceres de la casa. Un día, mientras meditaba en su aposento, se le apareció en una visión, Santa Catalina de Siena, quien le hizo saber de parte de Dios, que había sido elegida para entrar en el estado religioso, vistiendo el hábito dominicano. Le dirigió estas palabras: “Ana, hija mía, este hábito te tengo preparado; déjalo todo por Dios; yo te aseguro que nada te faltará”.

Le daba a entender que debía prepararse para un gran combate espiritual, donde no faltarían las asechanzas del enemigo, pero que con la ayuda de Dios obtendría al final la victoria. Confortada por esta visión, Ana decidió buscar la forma más eficaz para regresar al monasterio de Santa Catalina, pues sus familiares no querían que se hiciera religiosa, hasta el punto de vigilarla constantemente. Aprovechando una ocasión en que nadie la vigilaba, salió de la casa y encontró a un niño llamado Domingo que -a petición de ella- la acompañó hasta el monasterio. Una vez llegados al lugar de destino, agradeció al muchacho el favor prestado y le pidió comunicara a sus padres el lugar donde estaba. Sus padres, al conocer el paradero de su hija se indignaron en extremo, pues ya tenían decidido darla por esposa a un joven distinguido y rico; y fueron al monasterio con la firme resolución de hacerla regresar a su casa.

A este fin nada dejaron de intentar para disuadirla de su propósito. Le ofrecieron regalos y prometieron darle cuanto le apeteciera; pero ella con todo respeto y humildad les respondió, que se quedasen con todo aquello, que sólo deseaba tener a Jesucristo como esposo y llevar el hábito que llevaba puesto. Les pidió que se resignasen como buenos cristianos con la voluntad de Dios. Viendo los padres de Ana que no conseguían su cometido, se llenaron de ira y recurrieron a las amenazas e injurias, secundados por la Madre Priora, quien -por temor y debilidad- quiso también que regresara con sus padres.

A pesar de todo, Ana permaneció firme en su decisión, apoyada por las demás monjas, que aconsejaron retenerla en el monasterio hasta que, calmados los ánimos, se pudiera juzgar lo que fuera para mayor Gloria de Dios. La Madre Priora, mal dispuesta con Ana, se propuso tratarla con mucha dureza, con la finalidad de cansarla y obligarla así a regresar con sus padres; pero Ana soportó esta prueba con gran paciencia y resignación. Entretanto, dolida por el comportamiento de sus padres, quiso reconciliarse con ellos, mediante los buenos oficios de su hermano Sebastián, quien no sólo logró su intento, sino que la socorrió con todo lo necesario para su mantenimiento. Intercedió también ante la Priora para que cambiara su manera de proceder, consiguiendo su cometido.

Efectivamente, la Priora reconoció la vocación y el buen espíritu de Ana, y comenzó a quererla como a todas las demás, aceptándola como novicia. Corría el año 1616 cuando Ana fue aceptada como novicia en el Monasterio de Santa Catalina. Fue entonces cuando añadió a su nombre el apelativo “de los Ángeles”. Bien pronto abrazó con alegría todas las austeridades del estado religioso, observando con exactitud la Regla Dominicana y desprendiéndose completamente de los bienes de este mundo. Leyendo un día la vida de San Nicolás de Tolentino, le llamó la atención la gran devoción que este Santo tenía por las benditas Ánimas del Purgatorio y los sufragios que ofrecía para librarlas de las penas de ese lugar; y tomó la resolución de dedicarse también ella a socorrer a esas almas necesitadas.

Durante el tiempo de su noviciado comenzó a desarrollar el espíritu de penitencia, castigando su cuerpo con disciplinas y ayunos, adquiriendo de esta manera un mayor dominio de sí misma. Sus delicias estaban en la oración y en la meditación. Especialmente llenaba su alma la consideración de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Estaba muy a gusto con las demás novicias y las veía como mejores que ella, rogándoles le enseñasen a ser una verdadera religiosa dominica. Se consideraba a sí misma como una gran pecadora y cuando veía a las otras religiosas ocupadas en ejercicios humildes, suplicaba ser también ella empleada en esos servicios.

Terminado el año de noviciado y habiendo dado pruebas más que suficientes de su idoneidad, le llegó el tiempo de su profesión religiosa. Le faltaba la “dote”, que sus padres se negaban a entregar, con el objeto de obligarla a regresar con ellos. Francisco, su hermano sacerdote acudió en su ayuda, pagando generosamente la dote prescrita. Superadas estas dificultades pudo hacer su “Profesión Religiosa” con gran alegría y contento. Abrazado ya el estado religioso y hechos sus votos temporales, dirigió todas sus miradas y consagró todas sus energías a realizar el ideal de la vida religiosa, íntimamente persuadida de que toda su perfección y santidad consistía solamente en el exacto cumplimiento de sus votos y demás obligaciones de religiosa dominica.

Procuraba desasirse de los bienes terrenos, vistiendo hábitos usados y remendados, sandalias viejas -desechadas por otras religiosas-, y no poniéndose nunca cosa nueva, dando para las demás las cosas que recibía. Vivía una gran abstinencia, comiendo sólo para conservar la vida, sin regalar su gusto. Conseguía así que su alma tuviese un completo dominio sobre su cuerpo. Fue obediente en todo, casta y pura, mortificada interna y externamente, amante del retiro, diligente en el Coro, y cumplidora de todos sus deberes. Derramaba su espíritu en la oración asidua, tomando de ella la fuerza para el difícil camino de la perfección. La M. Priora, viendo que Ana se inclinaba a las cosas del servicio de Dios, la nombró sacristana oficio que ella ejerció con mucho gusto y exactitud. Cuidaba muchísimo la limpieza y decencia de todo lo relativo al culto y lo trataba con sumo cuidado. Lavaba con gran veneración los corporales y purificadores, considerando que iban a estar en contacto con el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

El celo por la casa de Dios y la pureza del culto fueron tan grandes en Ana, que con frecuencia amonestaba hasta a los mismos sacerdotes para que tratasen con todo respeto al Señor, rogándoles atendiesen a la santidad del corazón y a la pureza del alma. Era tan minucioso el cuidado que ponía en todo lo relativo al Santo Sacrificio del altar que, hasta preparaba agua aromática para que los sacerdotes se lavasen con ella las manos antes de celebrar la Santa Misa. Fue durante este tiempo cuando tuvo conocimiento de su parentesco con San Tomás de Villanueva, al que llegó a tener una gran devoción.

Necesitando el monasterio una imagen de la Santísima Virgen que presidiera los actos de la comunidad, fue Ana quien aceleró los trámites para traerla cuanto antes. Las monjas al ver la maravillosa imagen, tan tierna y acogedora, decidieron darle el nombre de “Nuestra Señora de los Remedios”. Una gran muestra de confianza hacia ella fue el encargo que se le hizo de ser Maestra de Novicias. Durante el tiempo que ejerció este delicado oficio ilustró siempre con su ejemplo todo cuanto enseñaba de palabra. Trataba a las novicias con gran caridad y afecto, pero nunca dejaba de exigirles el exacto cumplimiento de todas sus obligaciones.

Es elegida Priora

En 1647, Mons. Pedro de Ortega Sotomayor, recientemente nombrado Obispo de Arequipa, quiso visitar el Monasterio de Santa Catalina. Enseguida comprobó el abandono espiritual en que se encontraba. Conversando con varias de las religiosas descubrió las cualidades extraordinarias de la entonces Maestra de Novicias Ana de los Ángeles y manifestó el deseo de que fuera ella quien gobernase dicho monasterio. A los pocos meses eligieron a Sor Ana de los Ángeles como nueva Priora. Cuando recibió ese cargo, vivían en el monasterio cerca de 300 personas: 75 monjas de Coro; 17 legas; 5 novicias; 14 donadas; 7 criadas personales; 75 educandas; 130 siervas; y no pocas huérfanas y viudas. Éstas últimas se refugiaban en el monasterio para cuidar su buen nombre, pero no dejaban de vivir “según el mundo”, rodeadas de servidumbre, entregadas al cuidado de sus personas y gozando de todo lo que la moda de aquel tiempo les ofrecía. Al contacto con este género de vida algunas de las monjas se contagiaban, y degeneraba su espíritu religioso hasta el punto de ser en el monasterio origen de muchos conflictos y pésimo ejemplo para las religiosas más jóvenes. Entretanto la nueva Priora conoce muy bien esta situación y sabe con cuanta prudencia y energía deberá corregir esos graves abusos.

En un principio no quiso Ana de los Ángeles aceptar el cargo de Priora, pues se reputaba incapaz e indigna. Fue entonces cuando tomó las llaves del monasterio y las colocó delante de la imagen de Nuestro Señor, pidiéndole que encargase ese oficio a quien pudiese ejercerlo mejor que ella. Pero oyó una voz interior que le mandaba aceptar el gobierno del monasterio. Obedeció inmediatamente y tomó sobre sí aquel peso, confiando en el auxilio divino. Su principal preocupación fue devolver la disciplina al monasterio, haciendo observar las reglas a todas las religiosas sin admitir excepciones.

Daba avisos en privado y en público, corregía defectos, haciendo volver al camino correcto a quienes se hubieran apartado de él. Cuando alguna religiosa faltaba a sus obligaciones, la tomaba consigo y, estando a solas, como si no fuese ella la superiora, la amonestaba con inmenso cariño, a fin de evitar la repetición de la culpa. Fue siempre madre amantísima de todas sus religiosas; nunca desidiosa ni impaciente. Procuraba ingeniosamente servir a las demás, siempre con el rostro contento y afable. No perdía ocasión para insinuar en sus corazones el amor a la santa virtud de la caridad.

Disimulaba generosamente los defectos de las demás religiosas, pero no dejaba de buscar la oportunidad de corregírselos a solas con benevolencia y con cierta severidad. Con ocasión de las enfermedades, se olvidaba completamente de sí misma y se dedicaba a cuidar a las enfermas -día y noche- con gran afecto, y les prodigaba toda suerte de alivios y consuelos. Era especialmente solícita para que se les administrasen los Santos Sacramentos. Viendo los desórdenes de algunas religiosas contagiadas de las vanidades de este mundo y la dureza de sus rebeldías, se acercaba a ellas y les aconsejaba que se sometieran al suave yugo de la obediencia -“Mi yugo es suave y Mi carga ligera”, decía Jesús- y cumpliesen las obligaciones de su estado religioso. Gracias a sus exhortaciones y a su ejemplo, fueron muchas las religiosas que regresaron al camino correcto y a la observancia de sus obligaciones.

No obstante su gran amor por todas las monjas que tenía encomendadas, tuvo que aguantar muchas ofensas de parte de algunas religiosas que no querían volver al rigor de una vida de austeridad y entrega a Dios. Ana de los Ángeles supo siempre perdonar a quienes la habían ofendido a ejemplo de Jesús que perdonaba a los que le crucificaban. Una de sus preocupaciones fue la observancia del silencio en todo su rigor. Lo prescribió muy exigente en algunos tiempos del año, dando ella la primera el ejemplo conveniente.

El demonio, al ver las reformas que se estaban haciendo en el monasterio, se desató contra la Priora en formas muy diversas. Cuéntase que en cierta ocasión, caminaba ella acompañada de otras dos religiosas y comenzaron a lloverles carbones encendidos sobre sus cabezas, especialmente sobre la Priora. Cuando todo terminó comenzaron a averiguar quién pudiera haber cometido tal maldad, y dirigiéndose a la Priora para atenderla, la vieron contenta y sin lesión alguna. Ella les advirtió que no se asustasen, pues era el demonio quien las había atacado. En otra oportunidad fue empujada por el mismo enemigo y cayó en una fosa cavada para hacer los cimientos de la Iglesia, pero también salió sana y salva, ayudada esta vez por las benditas almas del purgatorio.

Terminado el oficio de Priora, que con tanto celo y prudencia había desempeñado, Ana de los Ángeles se sintió como aliviada de un gran peso y volvió con mucha alegría a ser súbdita, considerándose siempre, por su gran humildad, indigna de mandar a otras. Su vida siguió con toda normalidad, como la de cualquier otra de las religiosas. Pero su amor a Dios y a los demás, sus virtudes y su santidad iban creciendo constantemente.

Sus enfermedades

El año 1676, sor Ana quedó ciega y permaneció tullida en su lecho durante los últimos diez años de su vida. Sufría mucho y todo lo ofrecía a Dios por la salvación de las almas y la liberación de las que estaban en el purgatorio.

En estos últimos años, consiguió permiso del obispo para que un sacerdote pudiera celebrar cada día la misa en su celda y así poder comulgar diariamente. Les pidió a sus Superiores que le conmutasen la obligación de rezar el Oficio divino por una visita espiritual al Santísimo y por el rezo del rosario. El rosario era su oración predilecta, pues siempre estaba con el rosario en las manos. Y era tanta la rabia de los demonios que, varias veces, se lo quitaban de las manos.

Ella vivía tranquila, ofreciendo su dolor con amor. Nunca se quejaba y, sobre todo, era muy agradecida. Dice sor Catalina de Jesús que era tan agradecida a las personas que le ayudaban que les besaba las manos y les decía:¡Cómo se acuerdan de mí, siendo una pobre miserable, echada en un lecho, mientras otras están pasando necesidad! Y daba en limosna lo que recibía o mandaba celebrar misas por las almas benditas.

Su muerte

La Madre Ana murió el 10 de enero de 1686 a las siete de la mañana con fama de santa. Cuando murió, su cuerpo quedó en buen estado, flexible, con el rostro sereno y venerable y, después de 34 horas de su muerte, al sepultar su cuerpo, con el movimiento, salió sangre fresca y roja, recogida como reliquia.

Para amortajarla, según dice sor Juana de santo Domingo, fue preciso ponerle un hábito prestado, porque el que tenía en su última enfermedad lo había dado de limosna. Y, a la hora de la sepultura, asistió la mayor parte de la ciudad.
Su cuerpo fue sepultado sin féretro debajo de la tierra el día 12, sábado. Le echaron gran cantidad de cal sobre el rostro y el pecho; y la sepultaron inundada en agua. El día de las honras fúnebres, la gente no cabía en la iglesia y gran gentío tuvo que quedar en las calles y plazas vecinas.

El 20 de enero de 1686, domingo, se hicieron las honras fúnebres en la iglesia del monasterio de santa Catalina con una misa pontifical celebrada por el obispo Antonio de León y a la que concurrieron todas las autoridades civiles y eclesiásticas de la ciudad. En esta misa, el padre Juan Alonso de Zereceda, Rector del Colegio de la Compañía de Jesús, dio el sermón sobre las virtudes de sor Ana. El obispo mandó imprimirlo para conocimiento de las generaciones posteriores. Este sermón puede considerarse como una fuente segura para conocer su vida, ya que estuvieron presentes las religiosas y muchísima gente que la conocía personalmente. Por lo cual, no podía decir falsedades, pues hubieran sido detectadas de inmediato y el obispo no hubiera permitido que se hubieran impreso y publicado.

La exhumación de sus restos

El padre Luis Sánchez, que estuvo en el momento de sepultar a la Madre dentro del monasterio, asistiendo al obispo Don Antonio de León, afirma que, después de diez meses de enterrada sor Ana, volvió con el obispo para hacer el traslado del cuerpo. Y, después de sacarlo, se le encontró, no sólo incorrupto, sino también fresco y manejable, como si hubiese muerto en ese momento, sin rastros de mal olor. Y él le tocó un pie y se lo torció; y lo tenía todo entero y flexible. Y un cirujano que estaba presente le hizo una pequeña herida en el pecho y se vio la carne colorada y fresca. Las religiosas se acercaban al cuerpo y le tomaban las manos y los pies, y se los besaban con mucha devoción.

El doctor José del Corral declara que el día de la exhumación del cuerpo de la sierva de Dios, reconoció el cuerpo y no sólo estaba todo entero, sin corrupción alguna, aunque estaba muy húmedo por la mucha agua que le habían echado al sepultarlo. Pero la lengua, que debía estar más corrompida, estaba fresca y jugosa, sin mal olor. Todo ello es indicio de haber sido favorecida por Dios en aquel cuerpo que tantos años sirvió a Dios, manifestando que la lengua, que tanto se había empleado en alabar y servir a Dios, era justo que se conservase para eterna memoria.

Ésta primera exhumación tuvo lugar el 29 de octubre de 1686. Le cambiaron el hábito y colocaron su cuerpo en un féretro nuevo, forrado por dentro con tafetán blanco y por fuera con un tafetán negro, con franjas de oro. Fueron al sepulcro el obispo con otras personas que habían sido designadas previamente. Su cuerpo exhalaba un olor especial, que incitaba a devoción y a no moverse de aquel lugar.

El 22 de enero de 1731, sus restos fueron trasladados a una caja forrada de plomo y colocados en un sepulcro abierto en la pared izquierda, al pie del altar de Jesús Nazareno del monasterio. El 20 de junio de 1817 se trasladaron a una nueva caja forrada de plomo. El 9 de enero de 1950 se dispuso el traslado de sus restos a un lugar ubicado a la izquierda, entre el enrejado del coro bajo. Finalmente, el 22 de enero de 1985, el arzobispo Fernando Vargas Ruiz de Somocurcio los hizo colocar en el interior de una urna de madera, en un altar construido al lado izquierdo del templo del monasterio.

Algunos datos complementarios más

•Doña María de Garmendia refiere que tenía costras en los ojos y le dolían mucho. Ella, con agua templada, le quitaba las costras y la Madre se lo agradecía con grandes expresiones de agradecimiento, creyendo que no lo merecía. Cuando las religiosas iban a visitarla, les manifestaba su contento, les besaba las manos y les decía: ¿De dónde me viene ésta gracia de que las esposas de mi Señor vengan a visitarme?.

•En una oportunidad estuvo muy mal con tenesmo (sensación de querer evacuar el cuerpo) y las almas la condujeron a un camino brillante de luz y allí la curaron con una medicina que tenían en un frasco.

•Otra vez, estaba muy grave y las almas rodearon su lecho y le dijeron que venían a sanarla. Sacaron un frasco con una especie de licor, y con algodones le ungieron el lado donde tenía el dolor. Así la curaron, según le dijo la misma sierva de Dios en la última enfermedad a sor Catalina de Jesús.

Igualmente, Marta de san Nicolás atestigua que le dijo que en una ocasión vino el alma de una india, llamada Isabel, y la llevó en visión a un sendero y la curó con una medicina que tenía en un frasco, quedando sana de su malestar.

•Un día estaba con fuerte dolores y la visitó una novicia en su celda. La novicia le habló de que pensaba que se condenaría en el convento y había decidido volver a su casa. Entonces, la Madre Ana comprendió que la novicia estaba vencida por el demonio y, como casi no podía hablar por el dolor que sentía, le rogó a san Nicolás su patrono y a las almas benditas que le dieran alivio, lo que hicieron de inmediato. Y así pudo explicarle a la novicia que todo era un engaño del demonio que quería hacerle perder su vocación. Cuando la novicia se tranquilizó, le volvieron los dolores como antes.

•Dice el padre Zereceda: Diez años estuvo en cama sin poder moverse, ciega y con grandes dolores… Se llenó de llagas, estuvo continuamente mal del hígado. Todos los días sudaba durante tres horas y después sentía un hielo que le martirizaba los nervios y los huesos hasta el punto que parecía que se moría por tantos dolores. Y las almas del purgatorio venían a aliviarla, cubrirla y darle medicinas. Antes de la última enfermedad, la curaron de tres enfermedades diferentes, devolviéndole la salud. De hecho, en estos últimos años, todos creían que vivía sobrenaturalmente, porque era imposible vivir con un cuerpo con tantos males juntos y, sin embargo, nunca se sintió mal olor.

A pesar de tener tantos dolores, pues estaba ciega, con dolores de ojos, dolores de hígado, retención de orina; a veces, abrasada de calor o temblando de frío, no faltaba a sus oraciones por las benditas almas, quienes le asistían. Por eso, ella las llamaba sus doctores. También tenía una llaga y se la curaba con tierra. Y no obstante tantos males, nunca esta testigo (sor Petronila de Monserrat) sintió mal olor en su cama o en su celda. Y esto la dejaba maravillada, pues sor Ana tenía muchos sudores que empapaban las cubiertas.

•El padre Francisco de Vargas Machuca declara que estuvo de capellán del monasterio durante dos meses en su última enfermedad, en la cual no parecía posible naturalmente que, siendo de naturaleza tan delicada y débil, pudiera soportar tanto sufrimiento. Los sudores eran continuos y abundantes, de modo que era necesario cambiarla dos o tres veces. Sin embargo, su celda tenía buen olor.

•Sor Marina de la Concepción afirma que la misma Madre Ana había predicho muchas veces, que la encontrarían muerta. Una vez, hablando con la imagen de san Nicolás, dijo: ¿Ven a este santo? Él no se encontrará aquí cuando yo muera. Y así sucedió, pues la imagen de san Nicolás se encontraba en la casa del capellán Marcos de Molina, a quien, estando muy enfermo, la sierva de Dios le había enviado la imagen del santo.

Sor María de san José nos dice que, el día anterior a su muerte, dos religiosas fueron a visitarla y les dijo: Mañana me voy a morir. Ellas le dijeron: ¿Qué dice, Madre? Y se lo volvió a repetir.
La víspera de su muerte llamó a una religiosa, a quien había formado en un espíritu semejante al suyo y le rogó que guardara algunas limosnas para las almas. Y le dijo: Hija, mañana moriré… Estáte atenta y toma a tu cuidado celebrar la fiesta de mi santo y los sufragios por las benditas almas.

Sor Petronila de Monserrat asegura que varias veces le había oído decir a la Madre Ana que moriría sin dar molestias y que, cuando menos lo pensaran, la encontrarían muerta. Y así ocurrió, porque cuando fueron a hablarle, la vieron sentada, con el cuerpo apoyado hacia un lado, con las manos cruzadas y con su rosario, como cuando estaba viva. Y viendo que no respondía, se acercaron y observaron que el cuerpo estaba frío, dándose cuenta de que ya estaba muerta.

•Doña María de Garmendia dio testimonio en el Proceso de que, pocos días antes de su muerte, estando en su celda con otras religiosas, tocaron a la puerta con tres golpes y la sierva de Dios dijo que había venido un hermano suyo difunto a decirle que ya era tiempo de partir (morir). Y que esa noticia le había dado una gran alegría. La noche anterior a su muerte, estando esta testigo con ella, le pidió cambiarle la camisa y le pidió que le diera una nueva, diciéndole: Mañana me pondrán aquí en medio de la celda. Y así sucedió, ya que al día siguiente murió y pusieron su cuerpo en medio de su celda en el lugar que indicó.

(http://www.hostraptors.com/convento/sor-ana-de-los-angeles-monteagudo.html)

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