San Josemaría Escrivá De Balaguer

Oh, San Josemaría Escrivá de Balaguer;
en vos, el Dios altísimo usó
de vuestra vida, para decirle
al mundo que todos llamados
estamos a ser santos, desde
nuestros trabajos y lo común
de nuestras sencillas vidas.

Vida interior alimentada por la
oración y los sacramentos; amor
por la Eucaristía y la Santa Misa;
a María y San José y los Ángeles
Custodios; devoción en la tierra,
y, a la Iglesia y al Papa, fidelidad;
oh, San Josemaría Escrivá de Balaguer.

© 2008 by Luis Ernesto Chacón Delgado
____________________________________
25 de Junio

San Josemaría Escrivá de Balaguer
(1902-1975)

Fundador del Opus Dei

“La vida de Cristo es vida nuestra, según lo que prometiera
a sus Apóstoles, el día de la Ultima Cena: Cualquiera que me ama, observará mis mandamientos, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos mansión dentro de él. El cristiano debe -por tanto-  vivir según la vida de Cristo, haciendo suyos los sentimientos de Cristo, de manera que pueda exclamar con San Pablo, non vivo ego, vivit vero in me Christus, no soy yo el que vive,  sino que Cristo vive en mí.” 

– Josemaría Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, nn. 102-103.
 “Y así, hasta el final de los días que me queden: siempre recomenzando.”
– Josemaría Escrivá de Balaguer 

 Su Vida
 
Un hogar luminoso y alegre
Josemaría Escrivá de Balaguer nace en Barbastro (España), el 9 de enero de 1902, segundo de los seis hijos que tuvieron José Escrivá y María Dolores Albás. Sus padres, fervientes católicos, le llevaron a la pila bautismal el día 13 del mismo mes y año, y le transmitieron —en primer lugar, con su vida ejemplar— los fundamentos de la fe y las virtudes cristianas: el amor a la Confesión y a la Comunión frecuentes, el recurso confiado a la oración, la devoción a la Virgen Santísima, la ayuda a los más necesitados. El Beato Josemaría crece como un niño alegre, despierto y sencillo, travieso, buen estudiante, inteligente y observador. Tenía mucho cariño a su madre y una gran confianza y amistad con su padre, quien le invitaba a que con libertad le abriese el corazón y le contase sus preocupaciones, estando siempre disponible para responder a sus consultas con afecto y prudencia. Muy pronto, el Señor comienza a templar su alma en la forja del dolor: entre 1910 y 1913 mueren sus tres hermanas más pequeñas, y en 1914 la familia experimenta, además, la ruina económica. En 1915, los Escrivá se trasladan a Logroño, donde el padre ha encontrado un empleo que le permitirá sostener modestamente a los suyos.

En el invierno de 1917-18 tiene lugar un hecho que influirá decisivamente en el futuro de Josemaría Escrivá: durante las Navidades, cae una intensa nevada sobre la ciudad, y un día ve en el suelo las huellas heladas de unos pies sobre la nieve; son las pisadas de un religioso carmelita que caminaba descalzo. Entonces, se pregunta: —Si otros hacen tantos sacrificios por Dios y por el prójimo, ¿no voy a ser yo capaz de ofrecerle algo? De este modo, surge en su alma una inquietud divina: Comencé a barruntar el Amor, a darme cuenta de que el corazón me pedía algo grande y que fuese amor. Sin saber aún con precisión qué le pide el Señor, decide hacerse sacerdote, porque piensa que de ese modo estará más disponible para cumplir la voluntad divina.

Ordenación Sacerdotal

Terminado el Bachillerato, comienza los estudios eclesiásticos en el Seminario de Logroño y, en 1920, se incorpora al de Zaragoza, en cuya Universidad Pontificia completará su formación previa al sacerdocio. En la capital aragonesa cursa también —por sugerencia de su padre y con permiso de los superiores eclesiásticos— la carrera universitaria de Derecho. Su carácter generoso y alegre, su sencillez y serenidad hacen que sea muy querido entre sus compañeros. Su esmero en la vida de piedad, en la disciplina y en el estudio sirve de ejemplo a todos los seminaristas, y en 1922, cuando sólo tenía veinte años, el Arzobispo de Zaragoza le nombra Inspector del Seminario.

Durante aquel periodo transcurre muchas horas rezando ante el Señor Sacramentado —enraizando hondamente su vida interior en la Eucaristía— y acude diariamente a la Basílica del Pilar, para pedir a la Virgen que Dios le muestre qué quiere de él: Desde que sentí aquellos barruntos de amor de Dios —afirmaba el 2 de octubre de 1968—, dentro de mi poquedad busqué realizar lo que El esperaba de este pobre instrumento. (…) Y, entre aquellas ansias, rezaba, rezaba, rezaba en oración continua. No cesaba de repetir: Domine, ut sit!, Domine, ut videam!, como el pobrecito del Evangelio, que clama porque Dios lo puede todo. “¡Señor, que vea! ¡Señor, que sea!”. Y también repetía, (…) lleno de confianza hacia mi Madre del Cielo: Domina, ut sit!, Domina, ut videam! La Santísima Virgen siempre me ha ayudado a descubrir los deseos de su Hijo. El 27 de noviembre de 1924 fallece don José Escrivá, víctima de un síncope repentino. El 28 de marzo de 1925, Josemaría es ordenado sacerdote por Mons. Miguel de los Santos Díaz Gómara, en la iglesia del Seminario de San Carlos de Zaragoza, y dos días después celebra su primera Misa solemne en la Santa Capilla de la Basílica del Pilar; el 31 de ese mismo mes, se traslada a Perdiguera, un pequeño pueblo de campesinos, donde ha sido nombrado regente auxiliar en la parroquia.

En abril de 1927, con el beneplácito de su Arzobispo, comienza a residir en Madrid para realizar el doctorado en Derecho Civil, que entonces sólo podía obtenerse en la Universidad Central de la capital de España. Aquí, su celo apostólico le pone pronto en contacto con gentes de todos los ambientes de la sociedad: estudiantes, artistas, obreros, intelectuales, sacerdotes. En particular, se entrega sin descanso a los niños, enfermos y pobres de las barriadas periféricas. Al mismo tiempo, sostiene a su madre y hermanos impartiendo clases de materias jurídicas. Son tiempos de grandes estrecheces económicas, vividos por toda la familia con dignidad y buen ánimo. El Señor le bendijo con abundantes gracias de carácter extraordinario que, al encontrar en su alma generosa un terreno fértil, produjeron abundantes frutos de servicio a la Iglesia y a las almas.

El Opus Dei

El 2 de octubre de 1928 nace el Opus Dei. El Beato Josemaría está realizando unos días de retiro espiritual, y mientras medita los apuntes de las mociones interiores recibidas de Dios en los últimos años, de repente ve —es el término con que describirá siempre la experiencia fundacional— la misión que el Señor quiere confiarle: abrir en la Iglesia un nuevo camino vocacional, dirigido a difundir la búsqueda de la santidad y la realización del apostolado mediante la santificación del trabajo ordinario en medio del mundo sin cambiar de estado. Pocos meses después, el 14 de febrero de 1930, el Señor le hace entender que el Opus Dei debe extenderse también entre las mujeres. Desde este momento, el Beato Josemaría se entrega en cuerpo y alma al cumplimiento de su misión fundacional: promover entre hombres y mujeres de todos los ámbitos de la sociedad un compromiso personal de seguimiento de Cristo, de amor al prójimo, de búsqueda de la santidad en la vida cotidiana. No se considera un innovador ni un reformador, pues está convencido de que Jesucristo es la eterna novedad y de que el Espíritu Santo rejuvenece continuamente la Iglesia, a cuyo servicio ha suscitado Dios el Opus Dei. Sabedor de que la tarea que le ha sido encomendada es de carácter sobrenatural, hunde los cimientos de su labor en la oración, en la penitencia, en la conciencia gozosa de la filiación divina, en el trabajo infatigable. Comienzan a seguirle personas de todas las condiciones sociales y, en particular, grupos de universitarios, en quienes despierta un afán sincero de servir a sus hermanos los hombres, encendiéndolos en el deseo de poner a Cristo en la entraña de todas las actividades humanas mediante un trabajo santificado, santificante y santificador. Éste es el fin que asignará a las iniciativas de los fieles del Opus Dei: elevar hacia Dios, con la ayuda de la gracia, cada una de las realidades creadas, para que Cristo reine en todos y en todo; conocer a Jesucristo; hacerlo conocer; llevarlo a todos los sitios. Se comprende así que pudiera exclamar: Se han abierto los caminos divinos de la tierra.

Expansión del Apostolado

En 1933, promueve una Academia universitaria porque entiende que el mundo de la ciencia y de la cultura es un punto neurálgico para la evangelización de la sociedad entera. En 1934 publica —con el título de Consideraciones espirituales— la primera edición de Camino, libro de espiritualidad del que hasta ahora se han difundido más de cuatro millones y medio de ejemplares, con 372 ediciones, en 44 lenguas El Opus Dei está dando sus primeros pasos cuando, en 1936, estalla la guerra civil española. En Madrid arrecia la violencia antirreligiosa, pero don Josemaría, a pesar de los riesgos, se prodiga heroicamente en la oración, en la penitencia y en el apostolado. Es una época de sufrimiento para la Iglesia; pero también son años de crecimiento espiritual y apostólico y de fortalecimiento de la esperanza. En 1939, terminado el conflicto, el Fundador del Opus Dei puede dar nuevo impulso a su labor apostólica por toda la geografía peninsular, y moviliza especialmente a muchos jóvenes universitarios para que lleven a Cristo a todos los ambientes y descubran la grandeza de su vocación cristiana. Al mismo tiempo se extiende su fama de santidad: muchos Obispos le invitan a predicar cursos de retiro al clero y a los laicos de las organizaciones católicas. Análogas peticiones le llegan de los superiores de diversas órdenes religiosas, y él accede siempre.

En 1941, mientras se encuentra predicando un curso de retiro a sacerdotes de Lérida, fallece su madre, que tanto había ayudado en los apostolados del Opus Dei. El Señor permite que se desencadenen también duras incomprensiones en torno a su figura. El Obispo de Madrid, S.E. Mons. Eijo y Garay, le hace llegar su más sincero apoyo y concede la primera aprobación canónica del Opus Dei. El Beato Josemaría sobrelleva las dificultades con oración y buen humor, consciente de que «todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús serán perseguidos» (2 Tm 3,12), y recomienda a sus hijos espirituales que, ante las ofensas, se esfuercen en perdonar y olvidar: callar, rezar, trabajar, sonreír.

En 1943, por una nueva gracia fundacional que recibe durante la celebración de la Misa, nace —dentro del Opus Dei— la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, en la que se podrán incardinar los sacerdotes que proceden de los fieles laicos del Opus Dei. La plena pertenencia de fieles laicos y de sacerdotes al Opus Dei, así como la orgánica cooperación de unos y otros en sus apostolados, es un rasgo propio del carisma fundacional, que la Iglesia ha confirmado en 1982, al determinar su definitiva configuración jurídica como Prelatura personal. El 25 de junio de 1944 tres ingenieros —entre ellos Álvaro del Portillo, futuro sucesor del Fundador en la dirección del Opus Dei— reciben la ordenación sacerdotal. En lo sucesivo, serán casi un millar los laicos del Opus Dei que el Beato Josemaría llevará al sacerdocio. La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz —intrínsecamente unida a la Prelatura del Opus Dei— desarrolla también, en plena sintonía con los Pastores de las Iglesias locales, actividades de formación espiritual para sacerdotes diocesanos y candidatos al sacerdocio. Los sacerdotes diocesanos también pueden formar parte de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, manteniendo inalterada su pertenencia al clero de las respectivas diócesis.

Espíritu romano y universal

Apenas vislumbró el fin de la guerra mundial, el Beato Josemaría comienza a preparar el trabajo apostólico en otros países, porque —insistía— quiere Jesús su Obra desde el primer momento con entraña universal, católica. En 1946 se traslada a Roma, con el fin de preparar el reconocimiento pontificio del Opus Dei. El 24 de febrero de 1947, Pío XII concede el Decretum Laudis; y el 16 de junio de 1950, la aprobación definitiva. A partir de esta fecha, también pueden ser admitidos como Cooperadores del Opus Dei hombres y mujeres no católicos y aun no cristianos, que ayuden con su trabajo, su limosna y su oración a las labores apostólicas. La sede central del Opus Dei queda establecida en Roma, para subrayar de modo aún más tangible la aspiración que informa todo su trabajo: servir a la Iglesia como la Iglesia quiere ser servida, en estrecha adhesión a la cátedra de Pedro y a la jerarquía eclesiástica. En repetidas ocasiones, Pío XII y Juan XXIII le hacen llegar manifestaciones de afecto y de estima; Pablo VI le escribirá en 1964 definiendo el Opus Dei como «expresión viva de la perenne juventud de la Iglesia».

También esta etapa de la vida del Fundador del Opus Dei se ve caracterizada por todo tipo de pruebas: a la salud afectada por tantos sufrimientos (padeció una grave forma de diabetes durante más de diez años: hasta 1954, en que se curó milagrosamente), se añaden las estrecheces económicas y las dificultades relacionadas con la expansión de los apostolados por el mundo entero. Sin embargo, su semblante rebosa siempre alegría, porque la verdadera virtud no es triste y antipática, sino amablemente alegre. Su permanente buen humor es un continuo testimonio de amor incondicional a la voluntad de Dios.

El mundo es muy pequeño, cuando el Amor es grande: el deseo de inundar la tierra con la luz de Cristo le lleva a acoger las llamadas de numerosos Obispos que, desde todas las partes del mundo, piden la ayuda de los apostolados del Opus Dei a la evangelización. Surgen proyectos muy variados: escuelas de formación profesional, centros de capacitación para campesinos, universidades, colegios, hospitales y dispensarios médicos, etc. Estas actividades —un mar sin orillas, como le gusta repetir—, fruto de la iniciativa de cristianos corrientes que desean atender, con mentalidad laical y sentido profesional, las concretas necesidades de un determinado lugar, están abiertas a personas de todas las razas, religiones y condiciones sociales, porque su clara identidad cristiana se compagina siempre con un profundo respeto a la libertad de las conciencias.

En cuanto Juan XXIII anuncia la convocatoria de un Concilio Ecuménico, comienza a rezar y a hacer rezar por el feliz éxito de esa gran iniciativa que es el Concilio Ecuménico Vaticano II, como escribe en una carta de 1962. En aquellas sesiones, el Magisterio solemne confirmará aspectos fundamentales del espíritu del Opus Dei: la llamada universal a la santidad; el trabajo profesional como medio de santidad y apostolado; el valor y los límites legítimos de la libertad del cristiano en las cuestiones temporales, la Santa Misa como centro y raíz de la vida interior, etc. El Beato Josemaría se encuentra con numerosos Padres conciliares y Peritos, que ven en él un auténtico precursor de muchas de las líneas maestras del Vaticano II. Profundamente identificado con la doctrina conciliar, promueve diligentemente su puesta en práctica a través de las actividades formativas del Opus Dei en todo el mundo.

Santidad en medio del mundo

De lejos —allá, en el horizonte— el cielo se junta con la tierra. Pero no olvides que donde de veras la tierra y el cielo se juntan es en tu corazón de hijo de Dios. La predicación del Beato Josemaría subraya constantemente la primacía de la vida interior sobre la actividad organizativa: “Estas crisis mundiales son crisis de santos”, escribió en Camino; y la santidad requiere siempre esa compenetración de oración, trabajo y apostolado que denomina unidad de vida y de la que su propia conducta constituye el mejor testimonio. Estaba profundamente convencido de que para alcanzar la santidad en el trabajo cotidiano, es preciso esforzarse para ser alma de oración, alma de profunda vida interior. Cuando se vive de este modo, todo es oración, todo puede y debe llevarnos a Dios, alimentando ese trato continuo con Él, de la mañana a la noche. Todo trabajo puede ser oración, y todo trabajo, que es oración, es apostolado.

La raíz de la prodigiosa fecundidad de su ministerio se encuentra precisamente en la ardiente vida interior que hace del Beato Josemaría un contemplativo en medio del mundo: una vida interior alimentada por la oración y los sacramentos, que se manifiesta en el amor apasionado a la Eucaristía, en la profundidad con que vive la Misa como el centro y la raíz de su propia vida, en la tierna devoción a la Virgen María, a San José y a los Ángeles Custodios; en la fidelidad a la Iglesia y al Papa.

El encuentro definitivo con la Santísima Trinidad

En los últimos años de su vida, el Fundador del Opus Dei emprende viajes de catequesis por numerosos países de Europa y de América Latina: en todas partes, mantiene numerosas reuniones de formación, sencillas y familiares —aun cuando con frecuencia asisten miles de personas para escucharlo—, en las que habla de Dios, de los sacramentos, de las devociones cristianas, de la santificación del trabajo, de amor a la Iglesia y al Papa. El 28 de marzo de 1975 celebra el jubileo sacerdotal. Aquel día su oración es como una síntesis de toda su vida: A la vuelta de cincuenta años, estoy como un niño que balbucea: estoy comenzando, recomenzando, en mi lucha interior de cada jornada. Y así, hasta el final de los días que me queden: siempre recomenzando. El 26 de junio de 1975, a mediodía, el Beato Josemaría muere en su habitación de trabajo, a consecuencia de un paro cardiaco, a los pies de un cuadro de la Santísima Virgen a la que dirige su última mirada. En ese momento, el Opus Dei se encuentra presente en los cinco continentes, con más de 60.000 miembros de 80 nacionalidades. Las obras de espiritualidad de Mons. Escrivá de Balaguer (Camino, Santo Rosario, Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, Amigos de Dios, La Iglesia, nuestra Madre, Vía Crucis, Surco, Forja) se han difundido en millones de ejemplares.

Después de su fallecimiento, un gran número de fieles pide al Papa que se  abra su causa de canonización. El 17 de mayo de 1992, en Roma, S.S. Juan Pablo II eleva a Josemaría Escrivá a los altares, en una multitudinaria ceremonia de beatificación.El 21 de septiembre de 2001, la Congregación Ordinaria de Cardenales y Obispos miembros de la Congregación para las Causas de los Santos, confirma unánimemente el carácter milagroso de una curación y su atribución al Beato Josemaría. La lectura del relativo decreto sobre el milagro ante el Romano Pontífice, tiene lugar el 20 de diciembre. El 26 de febrero de 2002, Juan Pablo II preside el Consistorio Ordinario Público de Cardenales y, oídos los Cardenales, Arzobispos y Obispos presentes, establece que la ceremonia de Canonización del Beato Josemaría Escrivá se celebre el 6 de octubre de 2002.(Biografía del Vaticano) 

El Milagro

El Papa aprobó el 20 de diciembre un decreto que reconoce la curación milagrosa de un médico español aquejado de una grave enfermedad en las manos. En la misma sesión, se aprobaron, entre otros, milagros del Padre Pío y del beato Juan Diego.

20 de diciembre de 2001

Juan Pablo II ha aprobado hoy el decreto de la Congregación para las Causas de los Santos sobre un milagro del beato Josemaría Escrivá. Se trata de la curación milagrosa de una grave enfermedad profesional (la radiodermitis crónica) que padecía el doctor Manuel Nevado Rey y que le desapareció, en noviembre de 1992, tras acudir a la intercesión del beato Josemaría Escrivá. Se leyeron también otros decretos de milagros, entre los que se encuentran uno atribuido al Padre Pío y otro al beato Juan Diego.

La radiodermitis

La radiodermitis es una enfermedad típica de los médicos que han expuesto sus manos a la acción de las radiaciones de los equipos de Rayos X durante un tiempo prolongado. Se trata de una enfermedad evolutiva, que progresa de forma inexorable hasta provocar, con el paso de los años, la aparición de cánceres de piel. La radiodermitis no tiene curación. Los únicos tratamientos conocidos son quirúrgicos (injertos de piel, amputación de las zonas de las manos interesadas). De hecho, en la literatura médica no se ha reseñado, hasta hoy, ningún caso de curación espontánea de radiodermitis crónica cancerizada.

La curación

El doctor Manuel Nevado Rey es un médico español nacido en 1932, especialista en traumatología, que durante casi quince años operó fracturas y otras lesiones exponiendo sus manos a los Rayos X. Empezó a realizar este tipo de intervenciones quirúrgicas con mucha frecuencia, a partir de 1956. Los primeros síntomas de la radiodermitis empezaron a manifestarse en 1962, y la enfermedad fue empeorando hasta que, en torno a 1984, tuvo que limitar su actividad a la cirugía menor, porque sus manos estaban gravemente afectadas, e incluso dejó totalmente de operar en el verano de 1992. El Dr. Nevado no se sometió a ningún tratamiento.

En noviembre de 1992, el Dr. Nevado conoció a Luis Eugenio Bernardo, un ingeniero agrónomo que trabaja en un organismo oficial español. Éste, al saber de la enfermedad de D. Manuel, le ofreció una estampa del fundador del Opus Dei, beatificado el 17 de mayo de aquel año, y le invitó a acudir a su intercesión para curarse de la radiodermitis.

La intercesión del beato Josemaría

El Dr. Nevado comenzó a encomendarse al Beato Escrivá desde aquel momento. Pocos días después de ese encuentro, viajó con su esposa a Viena para asistir a un congreso médico. Visitaron varias iglesias, y encontraron estampas del Beato Josemaría. “Esto me impresionó —explica el Dr. Nevado—, y me animó a rezar más por mi curación”. Desde el día en que comenzó a encomendar su curación a la intercesión del Beato Josemaría Escrivá, las manos fueron mejorando y, en unos quince días, desaparecieron totalmente las lesiones. La curación fue total, hasta el punto que, a partir de enero de 1993, el Dr. Nevado volvió a realizar operaciones quirúrgicas sin ningún problema.

El proceso canónico

Sobre esta curación se llevó a cabo, en la archidiócesis de Badajoz —donde reside el Dr. Nevado—, un proceso canónico que concluyó en 1994. El día 10 de julio de 1997, la Consulta Médica de la Congregación para las Causas de los Santos estableció por unanimidad el siguiente diagnóstico: «cancerización de radiodermitis crónica grave en su 3º estadio, en fase de irreversibilidad»; y, por tanto, con un pronóstico ciertamente infausto. La curación total de las lesiones, confirmada por los exámenes objetivos efectuados sobre el paciente en 1992, 1994 y 1997, fue declarada por la Consulta Médica «muy rápida, completa y duradera, científicamente inexplicable».

El 9 de enero de 1998, el Congreso Peculiar de los Consultores Teólogos, ha dado respuesta positiva unánime a la atribución del milagro al beato Josemaría Escrivá. La Congregación ordinaria de Cardenales y Obispos, con fecha 21 de septiembre del 2001, ha confirmado esos dictámenes.
        
El Milagro atribuído a Jomsemaría Escrivá de Balaguer 

El conocido escritor italiano Vittorio Messori publica en el Corriere della Sera (Milán) un artículo sobre la curación de Dr. Nevado.

Vittorio Messori / Corriere della Sera (Milán) 19 de diciembre de 2001

“Proceso canceroso de radiodermitis crónica grave al tercer estadio, en fase irreversible y con pronóstico infausto”. El diagnóstico formulado unánimemente por la Consulta Médica de la Congregación vaticana de la Causa de los Santos en el proceso de valoración sobre si la curación atribuida a la intercesión del beato Escrivá de Balaguer pudiera ser declarada “científicamente inexplicable” es el siguiente:

Después de muchas consultas con el paciente, después de precisos exámenes diagnósticos, tras el interrogatorio de decenas de testigos y el examen de toda la documentación, los médicos de la Consulta —ninguno de los cuales pertenece al Opus Dei— han respondido afirmativamente. Es decir, han recordado que no hay ningún caso documentado de curación de la radiodermitis: una enfermedad de la piel determinada por la exposición a los rayos X y que lleva a formaciones cancerosas que provocan metástasis.

En el caso examinado, la enfermedad había tenido una progresión de casi treinta años y estaba ya en la fase más avanzada, de tal modo que había dejado en la invalidez al paciente, resignado ya a un final no lejano. A pesar de esto, a partir del otoño de 1992, comenzó de manera imprevista un inexplicable proceso de curación: desaparecieron las llagas cancerosas hasta el punto de que el paciente pudo volver a trabajar. Es un caso nunca visto; un caso desconocido en los anales de la medicina. De aquí se deriva la declaración de los científicos de “inexplicabilidad“, un término que los teólogos traducen, en su lenguaje, por “milagro”.

Esto significa que el fundador del Opus Dei, Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás, será inscrito en el canon de los santos por haber obtenido de Dios la curación de un español, Manuel Nevado Rey, de 69 años, médico traumatólogo, que sufría una enfermedad frecuente en médicos, obligados hasta tiempos recientes a trabajar con aparatos radiológicos de gran peligro.

Poco después del inicio de la profesión, Manuel Nevado advirtió los primeros síntomas de la radiodermitis crónica que, como le confirmaron sus colegas dermatólogos, era implacable, irreversible e incurable. En noviembre de 1992 hacía tiempo que había abandonado la cirugía que sus manos plagadas de úlceras le impedía desarrollar, y había decidido dedicar el poco tiempo que le quedaba a cuidar de unos pocos y queridos viñedos de su propiedad. Se encontraba buscando información en el Ministerio de Agricultura de Madrid para un asunto de sus viñedos, donde un funcionario —fijándose en sus llagas— le ofreció una estampa de Escrivá de Balaguer, proclamado beato unos meses atrás, y le sugirió que lo invocara.

El doctor Nevado no estaba en contacto con el Opus Dei y apenas conocía al fundador; por eso, metió la estampa en su cartera sin particular convicción. Poco después, viajó a Viena donde, al visitar algunas iglesias, descubrió que distribuidas entre los bancos había muchas “imágenes” iguales a la que le habían dado a él en Madrid.

Impresionado por aquella devoción por un español en esa tierra, comenzó a recitar la oración de intercesión escrita en la estampa y, muy pronto, comenzaron a remitir los síntomas. Esto desconcertó en primer lugar al paciente y después a los colegas especialistas que lo trataron. De las llagas, como han dejado constancia los médicos de la Consulta Vaticana, quedaron sólo las cicatrices y la funcionalidad de las manos volvió a ser perfecta, de tal modo que, en la actualidad, el doctor Nevado sigue operando en su hospital de Badajoz.

En los diez años que han transcurrido desde la Beatificación de Escrivá, la postulación ha recogido miles de indicaciones sobre “favores” y “gracias” atribuidas a su intercesión. De esta masa imponente han sido seleccionados unos veinte casos de curación que parecían inexplicables a primera vista y, por tanto, prodigiosos. Existe el caso, por ejemplo, de un niño curado instantaneamente del estrechamiento, inoperable, de una arteria renal, poco después de la beatificación.

Al final, se ha decidido concentrar la atención sobre el caso del doctor Nevado. ¿Por qué? Claramente, porque la radiodermitis crónica es, todavía hoy, incurable y de fatal resultado (las metástasis tumorales, en el último estadio como éste, terminan por invadir todo el cuerpo), por lo que no caben sospechas en este caso de “curación por sugestión”. No existe ningún caso de aminoramiento de esta enfermedad, que avanza siempre lenta pero implacablemente hasta el final. Además, porque el paciente —médico— podía juzgar él mismo sobre su situación y había consultado con muchos colegas, llamados después a Roma a testimoniar. El dossier era, por tanto, amplio y científicamente impecable.

Pero, además, parece que ha influido también en la elección de este caso una motivación espiritual. Como es sabido, el corazón del mensaje de la conocida Obra es la santificación a través del trabajo cotidiano, sea el que sea (desde el trabajador manual al banquero), con la condición de que sea realizado con la mayor perfección humana posible. Pues bien, este milagro ha tenido como protagonista a un trabajador como tantos otros, un buen médico ortopeda de provincia que, desde el principio, se dio cuenta de la situación a la que le podía llevar su profesión.

No obstante, este médico asumió voluntariamente ese riesgo y continuó trabajando a favor de los enfermos, usando día tras día los aparatos radiológicos que ayudaban a sus pacientes a curarse pero lo envenenaban a él. Milagro de Dios, ciertamente; pero también buena voluntad, de alguna forma “santidad ordinaria en el trabajo” de aquel que ha recibido el milagro, ignorante de la espiritualidad del Opus Dei y un cristiano sencillo de Misa dominical.

Sobre la elección puede haber influido también el carácter seguro, científicamente indiscutible pero, en el fondo, poco “espectacular” de este milagro. Monseñor Escrivá (“Nuestro Padre” le llaman los fieles del Opus Dei) no amaba el exhibicionismo de lo “prodigioso”, estaba convencido de que el verdadero milagro es una vida de trabajo, no soportada sino afrontada por amor de Dios, con empeño y con alegría.

La curación por la cual subirá definitivamente a los altares no tiene nada que ver por tanto con los “golpes de teatro”, no tiene nada de melodramático: es un milagro “tranquilo”: las manos de un trabajador que se curan y le permiten retomar su trabajo. Un misterio, realmente, en un cuadro de silenciosa cotidianeidad muy querido por él.

Un estilo bastante diverso al del Padre Pío que la “casualidad” (aunque esta palabra no tenga sentido desde una perspectiva cristiana) ha querido que estuviese unido en la proclamación del milagro que les llevará a los altares. No es que el Hermano de San Giovanni Rotondo buscase notoriedad y clamor. Al contrario. Fueron los sucesos que surgieron a su alrededor, con grandes masas aclamando, pelotones de periodistas, grupos de inquisidores, actuando bajo la luz implacable de los reflectores.

En los mismos años, vivieron vidas bien distintas, que ahora la Iglesia une en la santidad. En el fondo, es la enésima prueba de la infinita variedad de carismas que conviven en aquella que, a pesar de todo, continúa siendo la más grande comunidad religiosa del mundo.
 
Oración a San Josemaría Escrivá

Oh Dios, que por mediación de la Santísima Virgen otorgaste a
San Josemaría, sacerdote, gracias innumerables, escogiéndole como instrumento fidelísimo para fundar el Opus Dei, camino de santificación
en el trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes ordinarios
del cristiano: haz que yo sepa también convertir todos los momentos y circunstancias de mi vida en ocasión de amarte, y de servir con alegría y con sencillez a la Iglesia, al Romano Pontífice
y a las almas, iluminando los caminos de la tierra con la
luminaria de la fe y del amor.

Concédeme por la intercesión de San Josemaría el favor que te pido……….. (pídase). Así sea. (Rezar un Padrenuestro, Avemaría, Gloria).

http://www.ewtn.com/_saints/escriva/spanish/index.htm)
 

 

 
 

 
 
 
 

 
 
 

 

 
 

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Un pensamiento en “San Josemaría Escrivá De Balaguer

  1. andre dice:

    Querido Luis Ernesto
    Te dejo este otro regalo.

    LIMA, 25 Jun. 08 (ACI).-El Arzobispo de Lima, Cardenal Juan Luis Cipriani, afirmó que quien se enamora de Cristo siente la necesidad de transmitir el Evangelio al prójimo; también invitó a los jóvenes a responder al llamado del Señor y lanzarse a la misión, participando activamente en la Gran Misión de Lima.

    El Purpurado recordó que la capital peruana está integrada mayormente por jóvenes, a quienes el sacrificio, lanzarse a la misión y ayudar a los necesitados, son tareas que les apasionan. “Por eso a los jóvenes, tan sensibles al llamado de Cristo, los invito a seguirlo”, expresó durante la Misa de Acción de Gracias por la Clausura de las Escuelas Vicariales.

    El Arzobispo indicó que sacerdotes, religiosos y religiosas tienen un papel muy importante en la Gran Misión porque la vida en la Iglesia es sacramental. También destacó la importancia de la catequesis y el uso de los medios de comunicación para llevar el Evangelio.

    El Cardenal Cipriani afirmó que quien se enamora de Cristo siente la necesidad de ir a transmitir el Evangelio a otros. “Ir por todo el mundo bien formados con una vida sacramental, con la palabra de Dios, con el Santo Rosario en la mano a todos los rincones, sin temor al que dirán y a las reacciones, con la alegría de llevar la buena nueva sin cansancio ni vanidades”, señaló.

    El Purpurado dijo que la historia del Perú “se puede escribir con la historia de hombres y mujeres; ricos y pobres, de todas la situaciones sociales que hicieron de su vida un encuentro con Cristo”.

    Afirmó que estas personas dejaron su huella en hospitales, “miles de misas, bautizos, santuarios, imágenes de Nuestra Madre y cruces en todos los rincones; miles y miles de horas de misioneros subiendo y bajando por la selva, sierra y la costa. Preguntémonos ¿Por qué no hoy? ¿Por qué nos falta esta vitalidad?, y la respuesta será: porque nos falta ese enamorarse de Cristo”.

    http://www.aciprensa.com

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